No podía creerlo, verla allí tirada. La sangre no paraba de salir, no había visto tanta desde que ella había sufrido aquel accidente.
– ¿Por qué siempre le pasa algo a mi hermana? – Se preguntó mientras la miraba. La escena parecía congelada. Escuchaba los gritos de su madre y su abuela a lo lejos. Sólo estaba allí mirándola mientras recordaba que nunca le habían prestado la atención merecía, por estar cuidándola a ella.
Levantó la mirada, debía ver quién había hecho aquello. Necesitaba saber quién era la causa de que una vez más, un día dejara de ser suyo para convertirse en el de su hermana.
Allí estaba de pie aquel hombre.
Tenía una mirada oscura, tal vez eran las marcadas ojeras bajo sus ojos que lo hacían ver tan tenebroso. No decía nada, parecía más asustado, incluso, que su madre. Pero no culpable, sólo asustado. Como si esta fuera sólo una preocupación más que sumar a la lista de algunas otras que realmente lo mantenían despierto.
Llevaba algo en el bolsillo de la chaqueta desgastada que usaba, no supo que era, pero nunca sacó su mano de allí.
Grabó en su cabeza cada milímetro de su cara, cada rasgo que lo ayudara a recordarlo, cada gesto. Gracias a esto notó el cambio que hubo en sus ojos cuando cruzó miradas con su abuela.
-¿Por qué su abuela lo miraba de esa forma? – Era la pregunta que rondaba su cabeza.
Debía saberlo, no permitiría más secretos. Estaba cansado que siempre pasara lo mismo. Esta sería la última vez que Violeta arruinara su día.
Sólo tenía catorce años y desde siempre había visto cómo la atención se centraba en ella. Cuando cumplió seis recordaba la gran discusión entorno a ella. Después de aquel día su padre se fue y tuvieron que volver a vivir con su abuela. Nunca volvió a saber de él.
Cuando cumplió siete, de nuevo perdió su día porque la amada «Vi» comenzó a tener pesadillas. Tontas pesadillas. Él también las tenía y no necesitaba llamar la atención de todos.
Sintió como sus manos comenzaron a cerrarse con fuerza mientras recordaba todo.
–Oye, también recuerda aquel cumpleaños en que nadie te felicitó porque ella había tenido una crisis en el hospital mental- la voz en su cabeza, siempre tan oportuna, ayudó a recordar cosas que había olvidado. Tal vez cosas que no sucedieron en realidad, pero que ayudaban para que la ira siguiera creciendo en él.
–Siempre que ella está cerca, todo está mal… te lo he dicho por muchos años, todo está mal- Continuó diciéndole. La ira que sentía era tanta que nublaba su vista. Debía recordar la matrícula de aquel carro destartalado que arrolló a su hermana. Había visto mucha televisión, sabía que era su mejor pista.
Después de los minutos más largos que alguien haya vivido.
Aquel hombre simplemente subió a la camioneta y se fue. Dejando allí a su madre, llorando mientras abrazaba un cuerpo helado y pálido. A su abuela aún más pálida, temblorosa y hablando sola entre dientes. A él cubierto de sangre y con una decisión que no cambiaría.
Meses después de aquel día, mientras caminaba a su escuela, un hombre comenzó a seguirlo. No era muy discreto, pero mientras no hiciera algo más, todo estaba bien.
-¡Daniel! – Escuchó que llamaron desde atrás. -Espérame, por favor, necesito decirte algo- Volteó a ver y era un hombre, se veía un poco mayor. Pero lo que más llamó su atención fue su mirada, parecía un poco fuera de sí.
Por alguna razón le recordó la forma en que lo veía su padre la última noche que supo de él.
-Espérame por favor- Siguió diciendo mientras corría en su dirección. Sintió un poco de temor, así que comenzó a caminar más rápido. -Es sobre tu hermana Violeta- En cuanto escuchó aquellas palabras dejó de caminar.
–Todo es siempre sobre Violeta. Hasta que un loco te siga en la calle es sobre ella. Debes hacer algo o sólo serás el hermano de Violeta y nunca serás Daniel-
-Shhhh. Ya cállate, te he dicho que no me hables cuando hay personas cerca- Trató de murmurar, pero sus palabras fueron más fuertes de lo que pensó.
-Disculpa ¿dijiste algo? – Preguntó aquel hombre confundido. Alcanzó a escuchar las últimas palabras, sintió una enorme vergüenza. Se quedó en silencio mirándolo mientras el hombre jadeaba tratando de recuperar la respiración.
-No, no decía nada. ¿Necesitas saber sobre mi hermana? Bueno, ella…-Comenzó a decir. Ya tenía casi un guion preparado para aquella pregunta. Desde aquel accidente, toda su vida giraba entorno a ella.
Bueno, siempre había sentido que así era. Pero ahora la sensación era mayor y ya no lo soportaba más. La odiaba, necesitaba admitirlo, decirlo en voz alta, gritarlo al mundo. La odiaba y todos los días despertaba pensando junto a aquella voz, la forma en que podía desaparecerla.
La forma en que podría lograr que nadie más se preocupara por ella, que todos la olvidaran para siempre y se fijaran en él.
El olvidado Daniel.
-Lo sé todo. No tienes que decirlo. Créeme, siempre sabré todo sobre ella- Dijo aquel extraño hombre mientras seguía tratando de respirar. En esas condiciones parecía más viejo de lo que pensó, no había corrido más de una cuadra y no lograba recuperarse.
-Entonces ¿Qué necesita de mí? Todo lo que puedo hacer es eso- Dijo mientras intentaba sonar amable pero su mirada lo delataba.
– Quieres encontrar a quién hizo esto ¿estoy en lo cierto? – De repente su respiración se normalizó. Enderezó su cuerpo y lo miró. En definitiva, le recordaba a su padre. Sintió escalofrío y al tiempo calidez.
– ¿Por qué no me dice qué quieres de mí? O al menos ¿Quién es usted? ¿por qué conoce a mi hermana? ¿por qué sabe mi nombre? – Frunció el ceño mientras preguntaba.
Había muchos sentimientos mezclados. Rabia, intriga, frustración y aquella voz que no lo dejaba concentrar. A veces la sentía como una gran compañía, pero otras veces era una real molestia.
– Está bien. Lo que sucede es esto- Se puso tan serio que mantuvo la atención de Daniel y su voz en cada una de las palabras que dijo- Mi nombre es Jerónimo –
– ¿Jerónimo? – Aquel nombre le sonaba conocido, pero no podía recordar de dónde.
-Si, tu hermana dijo por un tiempo que salía conmigo. Nadie le creyó así que la internaron. Fui por ella para intentar rescatarla de aquel encierro. Huir con ella y hacerla tan feliz como se merece, pero…- Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
-Tuvieron el accidente ¿cierto? – Preguntó intrigado.
No podía creer lo que estaba escuchando.
¿Aquel hombre de verdad existía? necesitaba saber más ¿por qué ahora? ¿por qué a él? ¿por qué siempre pareció un invento de la imaginación de Violeta y ahora se aparecía frente a sus ojos? ¿Estaría tan enfermo como Violeta o esto estaba pasando de verdad?
– Si, así es. Cada día desde entonces duele más que el anterior… Pero no es el tema por el que vine a verte, ya tendremos tiempo para conversar. Necesito saber si estás interesado en una propuesta que tengo- Su cara se puso más seria aún.
– Dígame antes ¿Qué quiere? – Le dijo en un tono más serio
– Sé que nunca olvidarás la cara del hombre que atropelló tu hermana. Sé que recuerdas la matrícula de aquel vehículo. Yo no estaba allí cuando pasó, no estuve aquel día, tuve que…-guardó silencio un momento, parecía recordando algo- en fin. Creo que sé cómo podemos encontrarlo.
Pero necesito tu ayuda.
–Esto funcionará. Podrás hacerlo. Podrás vengarte de aquel hombre que hizo que ella fuera el centro de atención de nuevo- La voz en su cabeza ya no hablaba, ahora parecía gritar con euforia.
-¿Cómo podría ayudar?- Estaba tan emocionado, pero intentó parecer desinteresad.
La idea de encontrar aquel hombre y dejar salir toda su furia lo emocionaba, pero… era un desconocido que aún no sabía si existía o, como sus voces, estaba sólo en su cabeza. Necesitaba saber qué quería de él.
– Necesito que hables con tu abuela. Ella sabe quién es él- Dijo.
– ¿Mi abuela? ¿está seguro de que sabe quién es mi abuela? ¿por qué ella sabría algo? – Ya no parecía tan lógico.
Si realmente le ayudaba a encontrar a aquel hombre le importaba poco si Jerónimo era real o no. Pero eso que decía no tenía sentido
-Si, la señora Angélica tiene la respuesta-
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