9 de mayo del 2026

Periodismo es libertad

El periodismo no debería ejercerse con miedo, sino con libertad y dignidad.

Periodismo es libertad

El miedo no puede convertirse en el editor del periodismo

Hay muertes que golpean más allá de la noticia. Muertes que sacuden la conciencia colectiva porque representan algo más profundo que una tragedia individual. El asesinato del joven periodista Mateo Pérez Rueda deja precisamente esa sensación: la de un oficio que sigue caminando entre riesgos, silencios impuestos y territorios donde contar la verdad todavía incomoda demasiado.

Tenía apenas 25 años. Estaba haciendo reportería rural. Estaba escuchando historias, recorriendo caminos y buscando respuestas en lugares donde muchas veces el miedo intenta convertirse en ley. Y fue justamente en medio de ese ejercicio periodístico donde apareció la violencia, esa que no solo intenta acabar con una vida, sino también enviar un mensaje brutal a quienes siguen creyendo en el valor de informar.

Porque cuando asesinan a un periodista, nunca buscan callar únicamente a una persona. Buscan instalar el miedo. Buscan sembrar dudas. Buscan que otros reporteros piensen dos veces antes de investigar, preguntar o denunciar.

Periodismo

El periodismo no debería ejercerse con miedo, sino con libertad y dignidad.

Y eso es lo verdaderamente grave.

El periodismo no puede ejercerse bajo amenaza. No puede depender del miedo de quien investiga ni del silencio impuesto por quienes quieren controlar los relatos. Un país donde los periodistas sienten temor por hacer preguntas es un país donde la verdad empieza a perder terreno.

Lo más doloroso es que muchos de los periodistas que trabajan en regiones apartadas lo hacen movidos por convicción, no por privilegios. Son reporteros que llegan donde casi nadie llega. Caminan veredas, escuchan comunidades, documentan problemáticas sociales y registran historias que rara vez ocupan titulares nacionales. Son quienes mantienen viva la memoria de los territorios y quienes convierten las voces olvidadas en relatos visibles.

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Pero precisamente por eso resultan incómodos.

Porque el periodista que escucha demasiado termina descubriendo cosas que otros quisieran mantener ocultas. Porque narrar la realidad rompe discursos construidos desde la comodidad. Porque informar sigue siendo un acto profundamente poderoso.

Y hay quienes todavía no soportan ese poder.

En tiempos donde abundan la desinformación, las campañas de odio y la polarización permanente, el periodismo serio se ha convertido en un blanco fácil. Hoy cualquiera señala, desacredita o ataca a un periodista desde una pantalla, muchas veces sin entender que detrás de cada reportaje hay horas de trabajo, riesgos personales y un compromiso profundo con la verdad.

Se ha normalizado la agresión verbal contra la prensa. Se celebra el ataque digital. Se aplaude la estigmatización. Y poco a poco se construye un ambiente peligroso donde el periodista deja de ser visto como alguien que informa para convertirse en alguien a quien hay que destruir.

Eso también mata.

Mata la credibilidad. Mata la conversación pública. Mata la posibilidad de construir debates sanos. Y en los casos más extremos, termina alimentando escenarios donde la violencia deja de parecer impensable.

Por eso el asesinato de Mateo Pérez Rueda no puede analizarse únicamente como un hecho judicial. También debe entenderse como una alerta ética y humana sobre el nivel de intolerancia que atraviesa el ejercicio periodístico. Sobre la incapacidad de algunos sectores para convivir con preguntas incómodas. Sobre la obsesión de imponer silencios a través del miedo.

El periodismo no está para agradar. Está para contar. Para preguntar. Para incomodar cuando sea necesario. Para abrir conversaciones que otros prefieren evitar. Y justamente ahí radica su importancia.

Una sociedad que pierde periodistas libres empieza lentamente a perder su capacidad de comprenderse a sí misma.

Porque cada periodista asesinado deja historias inconclusas. Deja comunidades sin voz. Deja preguntas sin respuesta. Y deja también un mensaje devastador para las nuevas generaciones que sueñan con ejercer este oficio desde la honestidad y el compromiso social.

Aun así, el periodismo sigue existiendo gracias a quienes entienden que contar la realidad vale la pena incluso en medio de las dificultades. Gracias a quienes siguen entrando a barrios, corregimientos y montañas con una libreta, una cámara o un micrófono. Gracias a quienes creen que la verdad merece espacio aun cuando incomoda.

Mateo Pérez Rueda representaba precisamente eso: una generación joven que entendía el periodismo como cercanía con la gente, como presencia en los territorios y como búsqueda permanente de historias reales. Su asesinato no solamente genera dolor; también deja una sensación amarga de rabia e impotencia frente a un oficio que demasiadas veces termina marcado por la violencia.

Pero el miedo no puede convertirse en el editor del periodismo.

No puede decidir qué se cuenta y qué se calla. No puede definir qué historias merecen existir. No puede convertirse en la frontera que limite la libertad de expresión.

Porque cuando el miedo domina la palabra, pierde toda la sociedad.

Y por eso hoy más que nunca resulta necesario defender el valor de informar, el respeto por quienes ejercen el oficio periodístico y el derecho de las comunidades a conocer la verdad sin amenazas, sin silencios impuestos y sin violencia.

Si en este país decir la verdad incomoda, entonces el periodismo seguirá siendo un acto de valentía.

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<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/chica/" target="_self">Andrés Chica</a></H2>

Andrés Chica

Periodista, especialista en gestión ambiental y magíster en comunicación política. Creo en la comunicación como un instrumento para disputar el relato de país y abrir espacios de transformación social. Mi trabajo se ha enfocado en los derechos humanos, la equidad de género, la participación ciudadana y la defensa del medio ambiente, articulando procesos sociales, comunitarios y políticos desde una mirada crítica y territorial. Construyo narrativas que no solo informan, sino que cuestionan, movilizan e inciden en la agenda pública para generar cambios reales en favor de las poblaciones históricamente invisibilizadas.

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