No es posible. Lo había descubierto. La forma en que lo miró. Se habían casado hace varios años ya y nunca había tenido esa expresión. Su cara se veía completamente descompuesta, el miedo y la decepción en cada una de sus facciones hacían que el dolor de perderla se sintiera más real.
Ni siquiera había quitado su máscara por completo. Sólo la corrió, pero sabía que era suficiente para que lo reconociera ¿cómo no lo haría? Estaban juntos hace años, desde cualquier ángulo lo haría.
Después de lo que ocurrió hace unos meses, sentía que algo más grande que él se había desatado. Ese sentimiento sólo era equiparable a lo que recordaba la noche que lo perdió todo “¿por qué me obligaste a esto? ¿por qué nos hiciste esto?” esas palabras seguían retumbando en su cabeza.
Las voces seguían atormentándolo. A decir verdad, nunca se callaron, la única vez que pudo estar en silencio fue aquella noche, cuando se recostó junto a su madre.
Extrañaba la forma en que su mamá no lo perdía de vista, nadie lo había hecho sentir tan seguro como ella cuando se agachaba, acariciaba su cabello con la mano y mientras sonreía lo miraba en silencio. Aquellos recuerdos siempre estarían en su mente. Si recuperaba aquello, tal vez las voces se silenciarían al fin.
Nunca supo qué pasó después de aquella noche, en cuanto llegó la policía, se asustó. Había hecho algo mal, tenía 8, tal vez 10 años, ya no lo recordaba bien.
Que fuera un niño asustadizo no bastaba. Ahora su padre estaba muerto y no sabía como explicar que, junto con sus voces, decidió que era lo mejor, por el bien de su mamá que ahora también estaba muerta.
Por esa razón huyó, corrió tan rápido como pudo, sin mirar atrás. Tan sólo fue un segundo en que la trabajadora social se distrajo y lo aprovechó. Con tanta suerte que cayó en gracia de una familia que lo acogió, le dio una feliz infancia y en cuanto pudo se casó con la mujer de sus sueños.
Vivió tranquilo por varios años, pero, de unos meses para acá no lograba callar las voces en su cabeza. Su eterno compañero volvió para recordarle que todo estaba mal. Que estaba incompleto y debía recuperar la mirada que había perdido.
Así fue como conoció a Emma. La forma en que sonreía mientras lo miraba en silencio, le recordaba a su madre, aquella paz que su cabeza tanto le decía que debía recuperar. Pero algo faltaba en ella. Su mirada no era reconfortante ¿tal vez el color de sus ojos? Una posibilidad que debía agotar.
Comenzó a buscar y obsesionarse con encontrar aquella mirada. Por supuesto, su esposa nunca supo nada sobre Emma o la necesidad que sentía, mucho menos de las voces en su cabeza.
Emma fue importante para él, era su logro más cercano, por eso cuando falló su plan, sintió que todo se vino abajo, su vida se desmoronaba y no podía parar ahora. Debía continuar con su búsqueda.
Aquella noche la planeó días atrás, su esposa iría a una fiesta de disfraces con su amiga, así que podría sentirse tranquilo para buscar lo que tanto anhelaba. Estaba seguro de lo que quería, no dudaría ni un instante.
Días después de conocer a Emma había alquilado una pequeña cabaña muy alejada, allí guardaba todas las herramientas que requería. La policía estaba muy alerta desde que comenzó su proyecto, por eso ya no podía dedicarle tanto tiempo a alguien.
Sólo debía encontrar la indicada, reparar aquellas expresiones que no coincidieran con lo que buscaba y listo. Todo estaría bien. No veía fallas en su plan.
Eran más de las diez. La hora perfecta. Noche de brujas, era perfecto. Estaba decidido, hoy encontraría su compañera perfecta. Así era como lo veía, no se daba cuenta de el daño que hacía. Sentía que eran sacrificios válidos para lograr su objetivo, para encontrar su paz.
En el fondo, debía admitir, disfrutaba un poco mirar sus ojos mientras la vida se escapaba de sus cuerpos. Despedirse de aquel último destello era vigorizante. Era adictiva aquella sensación.
Salió en busca de la presa perfecta. Debía cumplir con ciertas condiciones. No podía ser más alta o robusta que él, pero tampoco debía verse muy atlética o delgada. Debía estar sola, distraída, preferiblemente caminando.
Nunca pensó que las cosas se dieran de una forma tan literal. Mientras caminaba al sitio que tenía planeado, vio justo lo que buscaba. Aspecto adecuado, lugar adecuado, circunstancias perfectas. Lo decidió, ella sería su nuevo proyecto.
Comenzó a seguirla. El perfume que usaba debió ser su primera pista, pero lo dejó pasar. Estaba tan distraída en una discusión en su celular que no notó que la observaba hace ya un rato. Llevaba máscara, pero algo le decía que encajaría.
No había terminado de pensar su estrategia cuando ella giró. Se paralizó. Lo había descubierto, no había más opción. Ahora no podía dejarla escapar. Comenzó a correr tras ella. Se había quitado sus zapatos, ahora era más rápida.
Sentía cómo la adrenalina recorría su cuerpo, asechar lo hacía sentir vivo. No le gustaba causar miedo, pero sentir la adrenalina atravesando su cuerpo, jugarse la vida en una hazaña así, era la mejor parte de sus días. Debía admitirlo, también le causaba adicción.
Estaba tan extasiado por la intensidad del momento que casi no notó que ella giró a la derecha. Esa milésima de segundo podía costarle el plan, su libertad, su vida. No podía permitirlo, vio que ella tropezó. Sin pensarlo, se abalanzó sobre ella.
Estaba seguro, en cuestión de fuerza, podría ganarle. Pero olvidó un detalle. Un fuerte golpe lo hizo retroceder. Quedó desorientado y aturdido, tendido en el suelo, la patada la había recibido su máscara, pero se había corrido.
La mitad de su cara estaba expuesta. La mujer se había quitado la suya. Esa no era la mirada que buscaba. Pero era la mirada más sincera y penetrante que había obtenido. A pesar de estar en shock, ella se levantó y continuó corriendo.
Ya no tenía ningún sentido perseguirla. Sabía dónde vivía. Sabía que en las noches dormía con él. No podía creerlo ¡su esposa lo había descubierto!
Algo era seguro, iría con la policía. No podría volver a su casa, no podía perder su libertad. Cuando era niño habían tomado sus huellas después de haber asesinado a su padre. Sabrían quién es. No tenía alternativa.
Debía eliminar toda evidencia de la cabaña y huir sin mirar atrás. Así lo hizo. Ya casi estaba amaneciendo cuando logró salir en su auto. Tomó la autopista que llevaba al sur y, en cuanto pudo, cambió su auto por uno diferente. No podía dejar cabos sueltos, necesitaba ganar tiempo.
Continuó su camino en un carro que logró conseguir a cambio de algunas cosas. Estaba viejo, le fallaban los frenos, pero sólo necesitaba escapar. Aceleró cuanto más pudo. Después de unas horas de viaje, comenzó a descubrir sitios nuevos. Aún estaba muy cerca, no podía darse el lujo de parar.
Mientras conducía, bebía un poco de agua, era lo único que había logrado tomar desde el día anterior, el hambre, la preocupación y el cansancio comenzaron a apoderarse de él.
Sus ojos empezaban a cerrarse y casi no se daba cuenta que pasaba. Intentó mojarse un poco la cara. Mientras lo hacía, dejó de ver el camino por unos segundos. No pensó que aquello fuese un error.
Unos metros más adelante, una joven había descubierto una angustiante verdad. Salió corriendo de su casa mientras lloraba y trataba de limpiar sus ojos.
Víctima de las circunstancias y el descuido de ambos. Fue atropellada.
– ¡No! ¡Violeta! – Escuchó que gritaron.
No lo podía creer, necesitaba escapar y ahora no tenía forma de hacerlo. Llamarían la policía. Todo se había arruinado, sentía que era su fin. Bajó del auto instintivamente y trató de acercarse a la joven que estaba en el suelo, cubierta de sangre y lágrimas.
No pudo evitar recordar a su madre cuando la vio caer apuñalada por su padre. Caminó hacia ella, pero su familia ya estaba allí gritando y llamándola, como si eso sirviera de algo.
Una mujer que parecía ser su madre lloraba desconsolada mientras la abrazaba, un joven muy parecido a ella solo la miraba mientras trataba de cubrir una herida en su abdomen.
Todos estaban cubiertos de sangre. La escena era aún más traumática que todas las que hubiese visto antes. Por primera vez en su vida, sintió culpa. No tenía sentido, tantas mujeres habían muerto en sus manos, pero ella le dolía. Tal vez porque no lo hizo con un propósito.
Después de unos minutos de estar allí de pie, contemplando la escena notó que, parada tras la mujer que parecía ser la madre de la joven, había una anciana.
Tal vez no tan anciana, pero en su rostro se notaba que había sufrido mucho. Poco más de cincuenta años debía tener. Se quedó mirándola, no podía dejar de hacerlo. Tal vez ella lo sintió. Levantó su mirada. En cuanto se cruzaron, ambos quedaron perplejos.
Su cuerpo comenzó a temblar. Las rodillas parecía que iban a doblarse. Se sintió un niño de nuevo. Era esa la mirada que tanto había buscado.
Esa era la mirada de su mamá. Escuchó patrullas de policía acercarse. Subió al auto y huyó.
-Hijo, finalmente te encontré- Susurró ella mientras lo veía alejarse.
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