Un dos tres por mí. Esta crónica es una invitación a recordar, para que estas aventuras nunca abandonen nuestra mente.
“Marcela ya es hora de entrar”- Gritaba mi papá con una voz sepulcral y yo miraba a mis amiguitos con los ojos “chocolatiados” a punto de llorar. Esta escena se repetía una y mil veces en las adoradas vacaciones estudiantiles de junio y diciembre. Cuando el juego se ponía más emocionante, él reloj de mi papá que corría más rápido que los demás marcaba las 10:00 de la noche, hora en que una niña decente no tenía nada que estar haciendo en la calle- según él-.
Yo obedecía y aguantando las ganas de llorar, entraba a mi casa para que acto seguido, mi mamá me hiciera bañar con agua tibia para que yo viera como el agua se llevaba las travesuras de un hermoso día.
Días de vacaciones
Los días de vacaciones no eran como los otros, eran días larguísimos donde nunca llovía, el sol no quemaba, no daba hambre, no daba sueño, no pasaban los carros, no existían los ladrones, uno no se cansaba y además, no tenían nombre… solo eran días.
Los juegos que estaban de moda en mi época eran completamente diferentes a los que hoy se ven, obviamente yo crecí sin Internet y aunque todavía veo niños en las calles disfrutando, ya no es lo mismo, existen más temores, más límites, menos compañía… Hay mas miedo en sus corazones.
La fritanga
Cómo olvidar que en esos días los únicos momentos en los que queríamos comer, era cuando a alguno de nosotros se le ocurría la grandísima idea de hacer una “Fritanga” (lástima con lo que se asocia esta palabra hoy en día).
Esta actividad siempre era la pesadilla de los padres. “!Una fritanga!, por Dios, se van a quemar. ¿Por qué no juegan otra cosa?”- gritaban las mamás. Yo sufría mucho al principio, porque cuando se hacía la rifa para saber que ponía cada uno, a mi nunca me tocaba la sal, siempre elegía el papelito que decía salchichas y ya sabíayo lo que iba a decir mi mamá: «Pero muy raras esas rifas, a usted siempre le toca poner lo más costoso, ¿Quién hizo esa rifa?»
Un dos tres por…
Luego de recibir la ayuda correspondiente por parte de un mayor para prender el fogón, nos disponíamos a pelar las papas y solo estaban listas cuando el aceite parecía un carbón. Luego nos sentábamos en la acera con el plato que cada uno había traído de la casa a degustar ese suculento manjar: seis casquitos de papá negros y empapados de aceite, unos increíblemente salados y otros simples y dos pedacitos de salchicha, porque a esas alturas ya habían llegado ocho o diez amiguitos más. Creo que los jóvenes de hoy prefieren ir a McDonalls, que prender un fogón.
Chucha americana
Otro de los juegos de más tradición en mi barrio y creo que en toda la ciudad, era la “chucha americana”. Curiosamente este juego siempre era propuesto por los niños, pues esta era la oportunidad ideal para darle un besito a las niñas más lindas, recuerdo que yo tenía una amiguita a la que nunca atrapaban, pero no era por ágil, sino porque nunca la perseguían.
Cuando mi papá salía al balcón y se percataba de que estábamos jugando la innombrable, la intolerable, la inaceptable “chucha americana”, me llamaba a comer muy disimuladamente y cuando ya volvía a salir, el juego había terminado.
Ahora es mucho más fácil y cansa menos, los jóvenes van a una “farra” de reguetón, y listo, no tienen que perseguir a nadie por más de dos horas y correr el riesgo de nunca alcanzarla.
Yeimy
Pero el juego que potencializaba el trabajo en equipo, que brindaba herramientas para la construcción de un plan de acción, que hacía que cada uno de nosotros se luciera e hiciera su mejor presentación, era nada más y nada menos que…“yeimy”.
Un juego que dividía a los amigos en dos grupos, donde uno era el perseguido y el otro el perseguidor, pero que tenía un ingrediente que hacía que el grado de dificultad aumentara y era hacer una “Torre de Babel” con unas piedras imperfectas, de diferentes tamaños y sucias, mientras tus compañeros te gritaban al oído y tus perseguidores se aproximaban con un balón para poncharte en la cara y dejarte fuera de juego, además, de una gran roseta.
!Ahhh! Tiempos aquellos, donde entrabas a tu casa con todo sucio, la cara, las rodillas, las manos, la ropa, el pelo y el pantalón, pero con una satisfacción inmensa de haber gritado en medio de los aplausos de tus amigos….”Yeeeeiiimyyy”. Ahora ya no se ensucian, para qué si ya tienen Playstation y juegan dentro de sus casas con sus mejores amigos virtuales.
Tín tín, corre corre
Y como no hablar de la parte ecológica de esta historia y es la subida a los árboles del parquecito central de mi barrio, después de que tocábamos los timbres de las casas vecinas. Siempre era la misma persona la que lo hacía, era el amigo más intrépido, osado y atrevido, que no le temía a las mamás de sus amigos, incluso si era otro el que tocaba el timbre, la señora siempre salía a regañarlo a él y en medio de carcajadas volvíamos a repetirlo una y otra vez.
Lo más bonito de estás historias es que todavía puedo reunirme con los cómplices de mis travesuras, aún puedo disfrutar de ellos aunque ya no jugando, ni subiendo a los árboles, pero sí recordando cómo lo hacíamos.
Por eso, un dos tres por ellos… y por los que aún disfrutan de su niñez.
















