6 de septiembre del 2020

Entre sueños y verdadess

El miedo la paralizó, no podía cerrar los ojos. Su respiración era cada vez más lenta y profunda. Sus manos heladas seguían cubriendo el cuerpo de su hermano. No podía hablar, las palabras no salían.

Cuando despertó, estaba cubierta de sangre. Aún estaba fresca, sus manos se sentían pegajosas, el olor era tan fuerte que no pudo evitar hacer una mueca. A pesar de ello, lo primero que pensó fue ¿dónde está mi hermano? Fue su única preocupación.

Trató de llegar al suelo, pero en cuanto bajó la mirada, se dio cuenta que todo estaba cubierto de serpientes. Honestamente, nunca les temió de forma particular, pero el escenario era digno de la más tenebrosa película de terror.

El cuarto estaba completamente oscuro.

El repulsivo olor a sangre que la cubría inundaba todo a su alrededor. No sabía cómo llegó allí. No podía dejarse ganar del temor. No podía hacerle esto a sus padres. No lo soportarían. Los pensamientos llegaban a ella de golpe.

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Sólo 8 años tenía y era claro que la vida le había enseñado a madurar, o mejor. Que las desgracias la habían obligado a comportarse como una adulta. Al menos así se sintió. Ni una sola lágrima ni grito de auxilio salió de ella.

Después de unos segundos paralizada, el shock comenzó a convertirse en pánico, pero no se lo permitiría. Debía enfocarse, respiró profundo y retomó la compostura. Sabía que debía salir de allí, necesitaba un plan, pero antes debía saber si su hermano estaba bien.

Algo estaba atrayendo cada vez más serpientes hacia ella, el sonido que hacían era más fuerte a cada segundo.

Debía encontrar la razón. Tardó en entenderlo, pero después de observarlas un poco, lo notó -¡debe ser la sangre!- Dijo emocionada, no había otra explicación. No estaba segura, pero debía intentarlo.

Encontró una forma de huir. Tomó una sábana, limpió en ella la sangre que aún no se había secado, el olor metálico se hizo cada vez más fuerte. Agitó la sábana llamando la atención de aquellas criaturas y la lanzó lejos, al otro extremo de la habitación.

En cierta medida, funcionó. El olor o el ruido, nunca lo sabría, hizo que una parte de las serpientes cambiara de dirección. Así logró abrirse camino hasta la puerta, en cuanto sus pies tocaron el suelo, cerró los ojos y corrió, hasta salir de allí.

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Llena de temor y adrenalina al mismo tiempo comenzó a recorrer el lugar. No tenía un orden o una dirección, sólo su instinto que la guió en busca de su hermano más que de una forma de escapar.

¿Por qué se sentía tan preocupada por él? ¿De dónde venía toda esa sangre? ¿Dónde estaba?

Corrió por un pasillo que parecía sin fin. Después de mucho intentar. Tras una de las puertas lo vio, estaba en el suelo. Creyó que estaba dormido, pero al acercarse notó que parecía desmayado o drogado, a su edad no se conoce la diferencia.

Algo le habían dado o había pasado, no lograba que reaccionara. Sólo intentaba decir algo, pero sus labios no se movían. Al menos eso parecía, porque hacía ruidos extraños que no le había escuchado antes.

Sólo seis años tenía, no logró hacerlo reaccionar ¿quién le hizo esto? ¿por qué? ¿quién nos quiere lastimar? Buscó por todas partes, pero no le encontró heridas. ¿La sangre no era de él? Un temor menos y, una pregunta más ¿de quién es esta sangre?

Con el mar de emociones que le causó encontrar a su hermano tan mal, no recordó que la seguían. Fue el sonido ensordecedor que la hizo reaccionar. Aquel siseo mezclado con el ruido de sus colas agitándose como un sonajero, no lo soportaba más.

Cubrió sus oídos y cerró sus ojos por un instante.

En cuanto lo hizo recordó que estaba perdiendo segundos valiosos. Que caer en el pánico no era un lujo que pudiera darse. Se dio vuelta y vio que las serpientes se acercaban, lenta pero espantosamente.

Tomó a su hermano como pudo, tuvo que arrastrarlo. Era tan delgado y pequeño ¿cómo podía ser tan pesado? El esfuerzo era demasiado, intentó huir, pero no encontró la forma.

Con él en ese estado no podría correr, su peso era demasiado para ella. Pero, tampoco era una opción dejarlo allí. En medio del temor y la precipitación, terminaron contra un rincón.

La esperanza se esfumó en cuanto sintió la fría pared en su espalda.

Abrazó a su hermano que no volvía en sí, mientras suplicaba para que abriera sus ojos. No quedaba más que estar allí y esperar su final viendo como cientos, miles de serpientes los devoraban. Pronto, el suelo dejó de verse, cada milímetro estaba cubierto por los fríos cuerpos de aquellos animales.

Sus ojos fríos y distantes no la perdían de vista. Su lengua viscosa y larga parecía apuntar a ella. Algunas llevaban su boca abierta, como mostrando el tamaño de sus colmillos. Y aquel ruido espeluznante la atemorizaron.

El miedo la paralizó, no podía cerrar los ojos. Su respiración era cada vez más lenta y profunda. Sus manos heladas seguían cubriendo el cuerpo de su hermano. No podía hablar, las palabras no salían.

Comenzó a ver como sobresalían otras criaturas.

Sobre las serpientes comenzaron a saltar ranas o sapos ¿cómo podría saberlo? sólo veía seres viscosos acercarse cada vez más. Comenzaron a caminar ratas. Bajando desde el techo comenzó a ver arañas gigantes, eran tan grandes que aún en la oscuridad podía ver como tejían su telaraña hasta reunirse con las demás criaturas.

Recordó que su madre siempre les dijo “alimañas ponzoñosas” todo tipo de animales venenosos y tenebrosos los acechaban. Ella no sabía como llamarles. Sólo quería alejarlos. Había algunos que no sabía que existían pero que temió tanto como a los que conocía.

Miró para todas partes en un último intento de escape. No quería morir así. No permitiría que su hermano muriese así. Quería regresar a casa. Miró a su hermano en busca de ayuda, pero seguía en silencio. Su cabeza agachada, sus ojos cerrados.

Miró en otra dirección y allí estaba.

Con un movimiento lento pero firme, alcanzó un trozo de vidrio que estaba cerca de ella, no tuvo tiempo de preguntarse cómo llegó allí. Estaba tan filoso que sintió cómo rasgó su piel al tomarlo. La sangre comenzó a salir de su mano y a bajar por su antebrazo, pero lo siguió empuñando aunque las gotas comenzaran a caer.

El vidrio tenía una forma extraña, pero debía intentarlo. La punta era delgada. -No debe hacer falta mucha fuerza para que funcione- pensó mientras ejecutaba un plan que no tuvo oportunidad de pensar bien.

Su hermano aun inmóvil, permanecía abrazado por ella. La sangre cada vez era más, los ruidos de aquellos seres eran más y más fuertes, se sentían llenos de ansiedad, como si esperaran alimentarse de ellos. -¡Eso es! están hambrientos- pensó

Con el vidrio en la mano intentaba amenazar aquellos que ya estaban cerca. Podía sentirlos tocando sus pies. Debía hacer algo, su hermano no podía defenderse en ese estado. Trató de moverlo, pero no pudo y sólo logró perder un poco de ventaja.

El final había llegado.

Nunca podría lograrlo. El cuarto oscuro. Las cuatro paredes comenzaron a cerrarse. Su respiración se comenzó a acelerar, la falta de oxígeno la estaba mareando, pronto no podría defenderse más.

Su hermano aún estaba inconsciente, ella continuaba con su lucha inútil por alejar cuantos animales pudiese con aquel vidrio. Su corazón palpitaba más rápido que nunca.

No será así como mueras. No devorado por esa clase de animales. Yo debo protegerte.

Casi sin pensarlo, tomó el vidrio con ambas manos y lo clavó con todas sus fuerzas en su pecho, esperaba darle algo de tiempo a su hermano para que reaccionara y lograra escapar.

-Lo siento, hermano- murmuró mientras lo miraba. No había notado lo pálido que estaba hasta ese instante.

6:00 AM. La alarma suena como cada día. Jhon se levanta para ir a trabajar. Sale del cuarto junto con su esposa. En un rincón de la sala. Abrazados, ven sus dos hijos desangrados.

 

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<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/anarojas/" target="_self">Ana María Rojas Castañeda</a></H2>

Ana María Rojas Castañeda

Abogada de profesión. Aficionada a la literatura por pasión. Escribo pensando historias que quiero transmitir, que espero que alguien conozca y logre disfrutar

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