fbpx

Recuerdos.

Al menos así le gustaba verlo. Como un intento desesperado de escape. “¿por qué lo hiciste, tonta?” Nunca lo comprendió. Recordaba cada instante de esa noche. Pasaron más de 20 años y cada detalle seguía tan fresco.

por | Jul 12, 2020 | Antioquia Literaria



Aquel día, cuando salió al balcón, esperaba despejar su mente. Tenía poco más de treinta años, pero nunca había logrado trabajar por más de dos meses en un lugar. Ya se había rendido. Siempre dependió de lo que su madre pudiera hacer por él y no tenía intención de cambiarlo.

Culparon de su comportamiento aquel incidente, tal vez estaban en lo cierto. No le gustaba pensar en aquello, pero no podía evitar que las imágenes llegaran a su cabeza en los momentos menos esperados. Sentía que en el día podía escapar, pero de los sueños no. Igual que ella.

Al menos así le gustaba verlo. Como un intento desesperado de escape. “¿por qué lo hiciste, tonta?” Nunca lo comprendió. Recordaba cada instante de esa noche. Pasaron más de 20 años y cada detalle seguía tan fresco.

Aquella noche escuchó un ruido. A penas nueve años tenía. El ruido lo despertó. La noche lo asustó. Aún temía a la oscuridad así que tenía una lámpara de noche que lo acompañaba siempre, pero algo falló.

Tal vez su madre no la dejó encendida después de él haber dormido. Tal vez no había electricidad. Tal vez su abuela en aquellas rondas nocturnas en que lo observaba sintiéndose orgullosa de su “niño” decidió apagarla.

A veces lo hacía. Sólo quería ayudarlo a crecer. Pero era muy difícil. Le repetían que ya era edad para dejar el temor -Pronto cumplirás 10 años, ya eres el hombre de la casa- Decía su abuela cada vez que tenía oportunidad.

Nunca supo cómo explicarlo. No le temía a un monstruo, no sentía que algo iba a salir de su closet o su cama. Sólo temía ese sentimiento que traía consigo la noche. Ese vacío, esa “nada” cuando no podía distinguir las formas a su alrededor y su imaginación se encargaba de dibujarlo todo.

Su cuarto no tenía ventanas, así que la oscuridad entraba allí y colmaba cada centímetro, cada rincón y se llevaba cualquier sentimiento feliz. Cualquier emoción. Cualquier anhelo.

De cierta manera, temía ser succionado por la oscuridad. Temía ser un trozo de luz que se perdiera en la nada y eso era lo que podía evitar aquella lámpara. Era pequeña, pero le daba la seguridad que él no tenía.

Aun así, las noches eran largas. Eran pocas las que lograba dormir hasta el amanecer. Siempre había una razón para despertar en medio de la oscuridad. Podía ser el temor, la sed, los sueños, el baño, algún ruido… era inevitable.

Cuando ocurría, tomaba fuerzas, sólo él sabía cuánto le costaba. Respiraba profundo, se sentaba en su cama. Se levantaba tan pronto como podía. Había aprendido, a las malas, a hacerlo despacio. Se llegó a marear por la prisa.

Después de levantarse, corría tan rápido como podía a la habitación de su hermana. Estaba muy cerca, pero en esos momentos parecía que el pasillo se alargaba. Sentía que alguien caminaba tras él, que lo observaban. Como si una sombra inmensa intentara atraparlo por la espalda. El temor era escalofriante. Temía mirar atrás tanto como no hacerlo.

Su hermana peleaba constantemente con él, nunca lo dejaba entrar a su habitación en el día. Pero en la noche, lo comprendía como nadie más lo hacía. De cierta forma, llegó a sospechar que ella compartía su temor. Algunas noches sintió que ella se alegraba de su llegada más que él de poder estar allí.

Siempre lo miraba con un rostro enigmático parecía que algo la perturbaba constantemente, pero quería parecer valiente. Con los años aprendió que a veces, si lo ignoras lo suficiente, el sentimiento parece desaparecer.

De tanto pensarlo, creó su propia verdad, allí estaba seguro de que eso hacía su hermana. Por eso, después de un tiempo comenzó a dejar la puerta entreabierta esperando su compañía. Dejaba una almohada en el rincón y una cobija adicional. Quizá siempre esperaba que él llegara, para excusar en el temor de un niño el miedo que ella, se suponía, ya no sentía.

Nunca lo sabría. En el día no hablaban mucho. La mayor parte del tiempo discutían. Pero en las noches, ella lo protegía como nadie más lo hacía. Y él la acompañaba sin hacer preguntas.

De cierta forma, siempre se sintió culpable. Tal vez si hubiese despertado antes aquella noche. Tal vez si hubiese estado a su lado abrazándola, ella hubiese recordado que tenía alguien por quien luchar. Tal vez se sintió sola, desesperada, sin quién la rescatara, así como ella lo había “salvado” a él tantas veces del miedo abrumador.

Esa noche lo despertó un ruido. Algo se había quebrado. Sintió unos pasos, alguien corría. Una puerta que se cerró con fuerza ¿de qué estaba escapando? Nunca lo sabría. Quiso levantarse de inmediato, pero el temor llegó tan pronto como despertó.

La lámpara estaba apagada. Se cubrió con su cobija e intentó ser valiente. Se levantó. Salió de su habitación, pero no vio nada. “Sólo fue un sueño” recuerda haber pensado.

Intentó caminar, pero, en cuanto salió de su habitación, pisó un vidrio. Le dolió tanto, que por un instante olvidó el miedo. Intentó encender la luz, pero parecía que no había electricidad. El temor regresó a él, esta vez no pudo correr a la habitación de su hermana. Cojeó hasta allí, arrastrando el pie derecho. Le dolía mucho, tuvo suerte de no haber pisado más vidrios.

Nunca había anhelado tanto llegar a los brazos de su hermana, sentir esa paz que le daba abrazarla. Que le curara el pie y le permitiera dormir a su rincón. Lo quiso con tanta fuerza que no pudo recuperarse nunca.

En cuanto entró, miró la cama. Estaba vacía. Hacía mucho frío allí, vio que la ventana estaba abierta. ¡Un momento! ¡la ventana abierta! Instintivamente corrió a ella. Tuvo que subirse a la cama para alcanzar. Aquel segundo quedó grabado en su mente, en su cuerpo.

Recordaba aquella ráfaga de viento propia de la madrugada. Aquella luna inmensa y brillante que iluminaba la habitación. Su pie palpitando por la herida. La sangre manchando la cama. La suavidad de la almohada. El olor de su hermana.

Sus manos estiradas por fuera de la ventana. Un grito ahogado que salió de su corazón, pero nunca de su boca “¡Tin Tin!”

Tuvo que ver como el cuerpo de su hermana caía rápidamente al suelo. Tuvo que hacerlo, porque no podía moverse. Hubo tanto dolor en aquel momento que se paralizó por completo. No pudo parpadear, ni siquiera gritar, casi ni respirar. El dolor se fue. El miedo se fue. El vacío lo consumió.

Vio como su hermana golpeó el suelo, como quedó allí extendida sin moverse. No supo cuánto tiempo estuvo allí. Nunca se le ocurrió lanzarse tras ella ¿por qué no? En los peores momentos de su vida se arrepentía de no haberlo hecho. Así, tal vez, la hubiera acompañado como ella siempre lo acompañó.

Algunos vecinos comenzaron a salir después de un momento. Personas en el balcón tratando de ver qué ocurría. Luces encendidas ¡luces encendidas! ¿Por qué no estaban cuando las necesitó?

Gritos de horror se escucharon. Algunos llamando a los demás familiares para que vieran el espectáculo de turno. Él sólo podía mirar en silencio. Quería moverse, hablar, llorar, pero no podía.

De repente la puerta se abrió, la luz de la habitación se encendió. Su madre gritaba horrorizada. Su abuela de pie tras de ella sólo lloraba mientras apretaba un rosario. Su madre lo tomó entre sus brazos, lo abrazó fuerte.

Parecía pensar que él también saltaría, al menos eso dedujo de sus palabras “no te vayas tú también” Lloraba desconsolada. Trataba de mirar por la ventana, pero se detenía. Estuvo en ese vaivén un buen rato.

Alguien tocó la puerta. Su abuela fue quién abrió. Una vecina histérica entró llorando y abrazando a todos. En ese momento reaccionó. Su primer sentimiento después de aquel momento fue rabia. Tin Tin siempre le molestó a aquella vecina y ahora venía a llamar la atención.

Lo curioso es que después de ese momento, no recordaba haber sentido algo que no fuera rabia, odio, desprecio. No por alguien en específico. Por la existencia en general.

Sintió que nunca se recuperó de aquello. Si su madre y su abuela no hubiesen estado tan ocupadas con su dolor, hubiesen notado cuánto lo cambió saber que Tin Tin ya no estaba.

Aquel día salió al balcón. Intentando olvidar. Ahora no vivían en pisos altos. Sólo un segundo piso en un barrio diferente. Una vida diferente. Toda evidencia de la existencia de su hermana había desaparecido. Pero el vacío en su interior continuaba.

Estando en el balcón miró hacia la nada. Sólo pretendía pasar el tiempo mientras sus recuerdos se desvanecían. Cuando la vio. Parecía de quince, tal vez diez y seis años. Lucía igual a ella. Caminaba con sus amigas, compañeras del colegio. Al menos eso parecía. Todas llevaban el mismo uniforme. Se reían. Sonaba igual que ella. Su mirada, aunque no la vio directamente, estaba seguro de que era como la de ella.

Por primera vez el desprecio desapareció y sintió paz. Sonrió. No podía dejar de sonreír mientras la veía. Ella caminó hasta la esquina y allí giró. No podía dejar que se fuera. Tenía que seguir sonriendo.

 

 

<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/anarojas/" target="_self">Ana María Rojas Castañeda</a></H2>

Ana María Rojas Castañeda

Abogada de profesión. Aficionada a la literatura por pasión. Escribo pensando historias que quiero transmitir, que espero que alguien conozca y logre disfrutar
El Cassette

El Cassette

El Cassette. Era un día como tantos otros, lleno de monotonía y pereza de mediodía. Una tarde infinita de dolores inquietos que vienen y van, pero sobre todo vienen y sobre todo no se van…

leer más
Poema susurro de un árbol antioqueño

Poema: Susurro de un árbol antioqueño

.

Culminó fiesta del libro virtual

Culminó fiesta del libro virtual

Más de 300 mil visitas registró la 14.ª Fiesta del Libro y la Cultura, que se realizó de forma virtual debido a la emergencia sanitaria causada por el Covid – 19.

Lazos

No tenía una pista, ni una idea de dónde podría estar. Cada vez que comenzaba a investigar se daba cuenta que no es tan fácil como parece en aquellos programas estadounidense dónde en menos de una hora atrapan el villano.

Espejismo

Promesa

¿Aquel hombre de verdad existía? necesitaba saber más ¿por qué ahora? ¿por qué a él? ¿por qué siempre pareció un invento de la imaginación de Violeta y ahora se aparecía frente a sus ojos?

Espejismo

Ciclos

Tomó sus cosas, subió al auto y condujo sin rumbo. Se detuvo cuando su cuerpo lo exigió, entró a un hotel barato al borde de la carretera. Se sorprendió cuando notó la belleza de la recepcionista que allí trabaja.

A %d blogueros les gusta esto: