Noche de rumba. Hace poco me encontraba haciendo una limpieza general de mi pequeña biblioteca personal y me encontré una cartilla llamada Aprender a divertirse escrita por Andrés Bisso.
Me detuve un momento y comencé a leerla, entre risas descubrí que funciona como un paso a paso o un abc, es decir, que según el manual, el entretenimiento tiene unas escaleras o niveles y él enseña a subirse a cada uno de ellos, o sea, como unas escaleras de la diversión y que la meta es llegar a la número diez, que es más o menos como llegar al éxtasis.
Por ejemplo si estás en una fiesta y aún no te han sacado a bailar y lo que estás tomando no te ha generado efectos secundarios, te encuentras en el escalón dos de la diversión.
Nuevos conocimientos
Aprovechando estos nuevos conocimientos y aunque nunca he creído en los libros de autoayuda, pensé que sería una buena excusa para salir de rumba con mis amigas y mirar cómo subo esa escalera de la diversión.
Llamé a las pocas amigas que tengo, sólo cuatro y cuadré la salida, esta vez íbamos solo mujeres. Nos encontramos a las diez de la noche, todas estábamos lindas (pues, eso creía cada cual) y con la mejor pinta.
Cuando llegamos a un sitio en la Avenida 33, la verdad no sé ni cómo se llamaba, observé que estaba idénticamente decorado al local de enseguida, al del lado y al de la cuadra siguiente.
El ambiente
Tenía unos sillones muy grandes y bajitos de colores vivos y fiesteros, unas telas que colgaban del techo y hacían imposible la tarea de ponerte de pie sin tropezar con ellas.
Noche de rumba
En la mesa de centro había una vela y en las paredes unos cuadros de unas negritas muy sonrientes cargando unas bandejas de frutas. Además, en el fondo tenían un espacio que decía “VIP”, que era igual pero más oscuro y todo lo que consumías allí era más costoso.
Melodías
Como si eso fuera poco, se escuchaba una endiablada melodía que te insultaba y te repetía hasta el cansancio “que eso en cuatro no se ve”.
Minutos más tarde y haciendo caso omiso de mi aburrición y mis prejuicios, y teniendo en cuenta que debemos “anteponer los gustos de la mayoría a los nuestros” como dice la cartilla, me paré de mi asiento y me dirigí al baño, ya adentro me miré al espejo y pensé en las palabras de auto convencimiento del numeral cuatro de la cartilla y empecé a repetir: Estoy hermosa y hoy es mi día. “Estoy hermosa y hoy es mi día”.
Pero cuando salí del baño todas mis amigas estaban bailando y me tocó sentarme en el sillón incómodo a esperar que ellas se cansaran de bailar “en cuatro” y volvieran a la mesa, para poder hablar de cosas banales, de amores, de problemas, para poder arreglar el país a nuestra manera…
Perdida
pero creo que estaba un poco perdida, pues a estas alturas debería estar en el escalón dos, pero eso no se dio, lo que estaba haciendo era subir y bajar esas escaleras como si estuviera haciendo ejercicio.
Mis amigas siguieron bailando con extraños toda la noche y respondiendo una y otra vez a las preguntas “Y cómo te llamas”, “y en qué trabajas”, mientras yo conversaba animadamente de futbol con el señor que vende los chicles en la entrada del lugar haciéndole caso al consejo número tres “concéntrate en una sola persona y no intentes conocerlos a todos”.
Inclusive me vi tentada a pasarme para el local de enseguida donde estaban transmitiendo un partido de futbol y juagaba Nacional.
Las horas pasan
Más tarde y consolándome con la idea de que esa animada rumba terminaba a las dos de la mañana y que a esa hora ya iría en el escalón seis, intenté bailar con un hombre que parecía compañero de universidad de mi hija, inclusive dudé de que tuviera cédula, pero a diferencia de los compañeros de baile de mis amigas, éste no me preguntó nada, pues se pasó intentando que yo me pusiera de espaldas.
Definitivamente no puedo con el reguetón, no sé bailar sin mirar a mi pareja, no sé entablar conversaciones con personas que nunca volveré a ver, no sé subir las escaleras.
Por eso no puedo hacerle caso al numeral cuatro que dice “disimula si no te estás divirtiendo” porque si no lo haces te estarías devolviendo al escalón número uno y aunque la noche me tenía guardadas unas sorpresas más, como que la rumba no se terminaba a las doce sino a las dos, empecé a repetir pero no el estribillo de “estoy hermosa y hoy es mi día”, sino, no vuelvo a un lugar de estos en mi vida.
















