Malas decisiones. En la vida nos vemos en la encrucijada de tomar decisiones casi a diario, algunas de estas nos afectarán el resto de nuestras vidas. Ese fue el caso de Jorge, un joven que vivió en mi sector hace mucho tiempo y dejó un recuerdo imborrable en mi memoria.
Días tranquilos
Jorge era el menor de cuatro hermanos y en esa época tenía 20 años aproximadamente, era un joven tranquilo, sensible y callado. Vivía con sus padres y sus hermanos en una casa a dos cuadras de la mía. Al principio, lo veía casi a diario, pero no tenía ninguna relación con él.
Un día hubo una convocatoria para participar de un proyecto llamado: Escuelas de comunicación. Se trataba de unos talleres que realizaba la Alcaldía de Medellín y la Universidad de Antioquia, en el gobierno de Alonso Salazar (A quien agradezco profundamente), este taller tenía como objetivo, despertar en los ciudadanos el gusto por la escritura y brindarle conocimientos técnicos a aquellos escritores anónimos y amaters, para que comenzaran a contar las historias de los personajes de su barrio.
El día que inició el taller, observé con gusto que había tenido muy buena acogida y muchos vecinos se habían dado la oportunidad de compartir y aprender.
Primer día de clase
Cuando asistí emocionada al primer día de clase, observé con intriga que mi vecino Jorge, también había asistido. Ese día el taller inició con una presentación personal del facilitador y de los asistentes, ahí fue donde Jorge empezó a llamar mi atención.
Él se presentó como una persona sensible y atraída por todas las formas del arte, le gustaba la pintura, la lectura, el teatro y la música y poco a poco, empecé a darme cuenta de que no era tan tímido ni callado como yo creía.
Malas decisiones
Algunos de los ejercicios que teníamos que hacer eran en compañía, él y yo compartimos uno en especial que se trataba de definir a qué olía nuestro barrio y constaba de caminatas de observación con todos los sentidos muy alertas para definir este olor particular.
Después de la actividad, Jorge y yo nos habíamos convertido en compañeros y asistíamos a clase juntos y hablábamos en la semana de nuestros proyectos de lectura. Pude observar que Jorge era un joven muy talentoso que no había encontrado su lugar, se sentía perdido y confundido.
El inicio
Un día, Jorge llegó a la clase en una hermosa bicicleta que había comprado con un dinero que había ahorrado, luego de realizar varios trabajos en el área de construcción. Él exhibía su bicicleta con el orgullo de haberla adquirido por sus propios méritos, inclusive, le había puesto un nombre, se llamaba: “La Negra”.
También me enteré por esos días, que Jorge tenía una novia a la que también le decía “La Negra” y nos había alcanzado a contar en uno de sus escritos, que ella era una mujer mayor que él, que vivía sola y con la que tenía planes de casarse. Según sus palabras, él era todo lo que ella tenía.
De ahí en adelante, yo veía a Jorge por todas partes en su bicicleta, en su cara se podía observar que ese artefacto lo hacía completamente feliz. Un día, llegamos a clase como todos los sábados, pero Jorge no asistió, hecho que me pareció extraño, pues él era el primero en llegar.
Mal momento
Terminada la clase, me dirigí a su casa para preguntarle por qué no había asistido, me recibió su mamá y me invitó a entrar, ya en la sala me contó que a Jorge le habían robado la bicicleta y que él estaba muy deprimido.
Días más tarde, me encontré con él y me narró los hechos, me dijo que unos pela’os que se mantenían en una esquina de uno de los sectores aledaños a mi barrio, habían estado siguiéndolo y acechándolo y que cuando tuvieron oportunidad, le habían robado la bicicleta, no sin antes insultarlo y pegarle sin compasión.
En esa oportunidad, Jorge me expresó que él no entendía por qué le habían hecho eso, si él no se metía con nadie. Yo le expresé mi solidaridad, pero dejé ese hecho como una anécdota más de lo que creía era “pan de todos los días”.
Nunca volvió
Luego de ese suceso, Jorge nunca volvió a las clases, de nada valió que todos sus compañeros lo visitáramos y le pidiéramos que regresara, hasta el profesor le insistía, él reacio, dijo que no quería saber nada de eso.
Días más tarde, y después de asimilar que la amistad con Jorge no crecería más, y que a él ya se le habían acabado las ganas de escribir, me enteré de un hecho que me dejó perpleja.
Por mi barrio se regó el comentario de que un hombre había llegado en las horas de la noche a una esquina del barrio aledaño y había disparado indiscriminadamente contra las personas que allí departían.
Estupefacta
Así quedé, estupefacta, al comprobar que había sido Jorge, el hombre que disparó contra esas personas. Ese hecho dejó dos víctimas mortales y fue registrado por los medios de comunicación regionales.
Los comentarios empezaron a crecer, y muchas personas aseguraban que a Jorge lo estaba buscando la policía y los familiares de las víctimas. Todos esos comentarios eran tan increíbles para mí, no podía entender como alguien al que yo creía conocer, pudiera haber hecho algo así.
Lo que sí se pudo comprobar era que Jorge y su novia habían abandonado la ciudad y su familia ya no hablaba con ningún vecino. Así pasaron meses, hasta que este hecho se fue difuminando en la memoria de los vecinos, yo de vez en cuando me acordaba de él, de sus escritos y de sus aportes y me embargaba una gran tristeza.
Desenlace
Luego de haber creído olvidado el incidente, se esparció un rumor de que Jorge y su novia habían regresado y que estaban viviendo en la casa de ella. Casi nadie sabía dónde era y casi nadie la conocía a ella.
Pasadas las semanas de tratar de volver a ver a Jorge por ahí y guardando las esperanzas de que esto era solo una pesadilla, me despertaron un día con la trágica noticia del asesinato de Jorge.
Él, que murió asesinado por los mismos que le habían quitado su bicicleta, yacía en un ataúd rodeado de flores en una de las salas de velación de Campo de Paz. Su familia y sus pocos amigos, estaban a su lado, llorando y sintiendo una zozobra que se podía ver en el aire.
Cuando estaba ahí sentada, acompañando a su familia, recordé a su novia y pensé qué podía estar sintiendo ella en ese momento.
Cruel
Horas más tarde y cuando me percaté de que su novia no estaba acompañando a la familia de Jorge, me acerqué a su mamá y le pregunté por ella. Luego de mi pregunta, pude ver el dolor en los ojos de aquella mujer, ella me miró desconcertada y me preguntó: ¿Usted no ha ido a la sala de velación de enseguida?
Yo extrañada y sin entender, le dije que no. Ella con lágrimas en sus ojos me agarró de la mano y me llevó a la otra sala. Allí estaba “La Negra”, en un ataúd igualito al de Jorge, ella había sido asesinada junto con él.
La mamá me miró y me dijo: “Esos hijueputas le quitaron todo, la bicicleta, las ganas de vivir, la novia y la vida”. Yo me quedé en silencio, muda, sin saber qué decir…A veces son tan inútiles las palabras.
Después de muchos años, decidí escribir su historia, en honor al joven que algún día conocí, al que quería empacar el mundo en su morral, al que soñaba con ser un gran escritor, el que amaba y sentía, al que tomó la peor decisión de su vida.















