El día de la posesión presidencial, David Racero brillaba en pantalla con su pinta impecable. Un joven elegante, entusiasta, que parecía decidido a continuar las luchas del progresismo democrático. Para muchos, fue una bocanada de aire fresco en un escenario político corroído por la avaricia, la mediocridad y el cinismo. Y es que si algo caracteriza a buena parte de la izquierda es esa fascinación —a veces ingenua— por la inteligencia, por la capacidad de hilvanar ideas, por el arte de debatir sin gritar. Por eso votamos por Petro, y por eso hicimos de la palabra “peinada” un modismo cotidiano que equivale a celebrar cuando un contradictor queda desarmado frente al filo del argumento. En Racero veíamos esa agudeza, ese brillo.
Muchos progresistas nos sentimos representados por él. Porque creemos en la equidad, en la justicia social, en la libertad, la fraternidad y la paz. Porque nos indigna la guerra y sus secuelas. En ese marco, Racero era uno de los nuestros. Pero con el paso del tiempo, y especialmente con su ejercicio del poder, nos vimos enfrentados a una dolorosa constatación: que la frase “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente” también nos alcanza. También toca a los nuestros.
Nos duele —y avergüenza— ver cómo figuras que antes inspiraban confianza se lanzaron sobre el poder como sobre un botín. Como si se tratara de «llegar por fin» a la fiesta a la que antes no habíamos sido invitados. ¿Cuántos casos más se necesitan para entender que la corrupción no tiene color político? Que no basta con señalar los cientos de corruptos de la derecha si no somos capaces de mantener nuestra balanza en cero. Cero tolerancia. Cero justificaciones. Cero pactos de silencio. La corrupción dentro de un proyecto de izquierda, de uno que se dice progresista, no debe aceptarse nunca. Hacerlo es traicionar su razón de ser.
Y, sin embargo, Racero encarna una de nuestras más profundas decepciones. ¿Cómo puede un político que se dice progresista ofrecerle a alguien un millón de pesos por trabajar 13 horas diarias, en condiciones indignas, cumpliendo múltiples funciones? ¿Cómo se puede predicar la defensa de una reforma laboral mientras se reproducen en la práctica los abusos que se pretende erradicar? ¿Dónde quedó la coherencia? ¿Dónde el mínimo sentido ético?
Más grave aún, ¿cómo tolerar que haya querido apoderarse del SENA y entregárselo como un favor familiar? Leer eso en los medios es como volver a los peores días del clientelismo tradicional. Me sentí, por un momento, como uno de esos que justificaban a los Suárez Mira en Bello, o como si hubiera defendido a Uribe cuando las denuncias por corrupción eran escandalosas. Ese nivel de miseria moral no se puede esconder con discursos progresistas ni con chaquetas elegantes.
No se trata de traicionar un proyecto político. Se trata de defenderlo de quienes lo pervierten. Si la izquierda quiere seguir siendo una opción ética para este país, tiene que ser implacable con quienes usan sus banderas para enriquecerse o repartir cargos entre familiares. El silencio cómplice no es madurez política: es cobardía.
No es Racero el que nos divide. Es lo que representa. La pregunta no es si lo apoyamos o lo repudiamos. La pregunta es si estamos dispuestos a luchar por una izquierda decente, o si nos resignamos a ser lo mismo, pero con otro discurso. Por ello me parece importante traer a colación el trino de la periodista Aldana
Esto es una vergüenza, congresista @DavidRacero. A usted deberían denunciarlo por explotación laboral. Usted ni es progresista ni de izquierda ni merece esa curul, como muchos en el Congreso, usted no es más que otro canalla con poder. https://t.co/eFOptNUaOt
— Andrea Aldana (@andrealdana) May 25, 2025
















