9 de mayo del 2026

Permiso para derrumbarse: está bien no estar bien

Está permitido derrumbarse a veces: reconocer el dolor, aceptar la fragilidad y entender que no siempre debemos estar bien.

Por: Andrea Téllez Meneses*

Hay una frase que aprendemos casi desde que llegamos al mundo y que nadie nos enseña formalmente, pero que todos terminamos sabiendo de memoria: «Estoy bien». La decimos al levantarnos cuando aún nos duele el alma de la noche anterior. La decimos en las reuniones de trabajo con cara de personas que durmieron ocho horas y tienen el colesterol perfecto. La decimos en las fiestas familiares mientras por dentro calculamos cuántos minutos faltan para poder irnos. La decimos tanto, y con tanta convicción, que a veces logramos engañarnos a nosotros mismos. Y eso, querida sociedad colombiana —tan recursiva, tan berraca, tan «pa’lante que pa’trás espanta»—, nos está costando la salud, la dignidad y, en demasiados casos, la vida.

Lea también: Petro derrota a farmacéuticas: Tribunal Andino respalda a Colombia y abarata medicamento clave contra el VIH

No lo digo como metáfora. Lo digo con cifras. Según datos del Ministerio de Salud de Colombia, el 66,3% de los colombianos mayores de edad ha enfrentado algún problema de salud mental durante alguna época de su vida. En jóvenes entre los 18 y 24 años, esa proporción sube al 75,4%. Tres de cada cuatro jóvenes. Y sin embargo, el sistema destina menos del 2% del presupuesto de salud a atención en salud mental, según la Organización Panamericana de la Salud. Es decir: tenemos una epidemia silenciosa y le estamos asignando el presupuesto de un renglón secundario. Estamos, como sociedad, haciendo exactamente lo mismo que hacemos individualmente: fingir que todo está bien.

Un país herido que aprendió a no nombrarlo

A comienzos de los años 2000, Colombia salió tambaleante de la peor década del conflicto armado. El primer Estudio Nacional de Salud Mental, realizado en 2003, encontró que el 40,1% de la población colombiana había tenido algún trastorno mental a lo largo de su vida, con los trastornos de ansiedad como los más frecuentes. Era un país herido que no sabía que estaba herido, o que si lo sabía, prefería no nombrarlo. En ese contexto cultural, reconocer el propio malestar era casi un lujo: cuando la violencia, el desplazamiento y la pobreza son el ruido de fondo de la existencia cotidiana, ¿quién tiene tiempo de llorar lo suyo?

Entonces llegó el like, y todo empeoró de una manera nueva

Pero algo empezó a cambiar —o más exactamente, a empeorar de otra manera, una nueva— hacia finales de esa misma década, cuando las redes sociales dejaron de ser una novedad y se convirtieron en el escenario central de la vida social, especialmente para los más jóvenes. Facebook llegó a Colombia masivamente alrededor de 2008. Twitter poco después. Instagram en 2010. Y con ellas llegó algo que ningún estudio de salud pública había dimensionado todavía: la obligación de mostrar una vida feliz, curada y validada por likes como condición de existencia social. Si los colombianos ya teníamos una relación complicada con la vulnerabilidad, las redes sociales la convirtieron en algo directamente prohibido. Uno no publica la crisis del miércoles a las dos de la madrugada. Uno publica el viaje del sábado con el filtro correcto.

El sociólogo surcoreano Byung-Chul Han describió este fenómeno con una precisión que duele: en su obra La sociedad del cansancio (2010), argumenta que hemos pasado de una sociedad que nos prohibía cosas a una sociedad que nos convence de que podemos con todo, y que si no podemos, el problema somos nosotros. El sujeto contemporáneo, dice Han, «se explota a sí mismo hasta quemarse», creyendo que esa explotación es libertad. Es emprendimiento. Es autosuperación. Cuando en realidad es agotamiento disfrazado de motivación. Esa descripción aplica perfectamente a la generación que creció publicando su vida en pantallas: una generación entrenada para rendir, para mostrarse, para optimizarse, para nunca —bajo ninguna circunstancia— parecer que no puede.

El resultado de esa cultura sobre la salud mental no tardó en medirse. En 2015, el segundo gran Estudio Nacional de Salud Mental en Colombia registró que los trastornos del estado de ánimo afectan al 6,7% de la población adulta en algún momento de su vida, con un aumento significativo en los grupos más jóvenes respecto a la medición anterior. En ese mismo año, el 7,4% de los adultos colombianos reportó haber pensado en quitarse la vida. No en películas. En encuestas reales, respondidas por personas reales, muchas de las cuales, a la par, estaban publicando fotos de su brunch del domingo. La distancia entre la vida mostrada y la vida vivida se había vuelto un abismo clínico.

Luego llegó la pandemia, y ese abismo se convirtió en un precipicio. Entre 2020 y 2023, los casos de suicidio en Colombia aumentaron de forma sostenida: 2.420 en 2020, 2.689 en 2021, 2.952 en 2022, y 3.145 en 2023, según datos de Medicina Legal. El grupo más afectado no fue el de los adultos mayores ni el de personas con diagnósticos psiquiátricos previos: fueron los jóvenes. En 2023, los intentos de suicidio en adolescentes y jóvenes representaron el 58% del total nacional, con 23.761 casos reportados. Más de veinte mil jóvenes que en algún momento dijeron, de una manera u otra, que ya no podían más. Y que muy probablemente, antes de llegar a ese punto, habían dicho —como todos— que estaban bien.

La armadura más costosa que llevamos puesta

Aquí es donde la investigadora social Brené Brown, de la Universidad de Houston, se vuelve no solo pertinente sino urgente. Brown dedicó veinte años a estudiar la vergüenza y la vulnerabilidad, y sus conclusiones son tan incómodas como necesarias: la vulnerabilidad no es debilidad. Es el origen de toda conexión genuina, de toda creatividad real, de todo vínculo que vale la pena. «La vulnerabilidad es la cuna de la innovación, la creatividad y el cambio», escribe en El poder de ser vulnerable (2012). Lo que nos mata —literal y metafóricamente— no es la fragilidad. Es la armadura que construimos para ocultarla, porque la cultura nos dice que mostrarla es un defecto de carácter.

De interés: Callar para sobrevivir: acoso sexual, poder e impunidad en Colombia

Yo misma, que enseño “habilidades blandas” y debería saber gestionar mis emociones con la gracia de un manual bien ejecutado, he performado el «estoy bien» con una maestría digna de reconocimiento. He llegado a clases cargando angustias que no le pertenecían al salón pero que tampoco tenían otro lugar adonde ir. He respondido «bien, gracias» a quien me preguntó cómo estaba, mientras por dentro hacía cuentas de cuánto tiempo más podría aguantar antes de necesitar pararme. No lo digo para victimizarme. Lo digo porque si yo —que tengo las herramientas conceptuales, que conozco las rutas de atención, que acompaño procesos de otros— también caí en esa trampa, entonces el problema no es individual. Es cultural. Es estructural.

El médico y escritor Gabor Maté, especialista en trauma, lo plantea de una manera que reorganiza la mirada: en El mito de la normalidad (2022) argumenta que la mayoría de lo que llamamos «enfermedades» —físicas y mentales— son respuestas adaptativas al dolor no procesado. No somos seres rotos que deben ser reparados: somos seres heridos que necesitan ser comprendidos. Esa distinción importa más de lo que parece, porque una persona rota necesita arreglarse; una persona herida necesita acompañamiento, tiempo y, sobre todo, permiso para sanar. Y ese permiso escasea de manera alarmante en una sociedad que confunde el aguante con la fortaleza.

Es imposible no mencionar a la película Intensamente (Inside Out, Pixar 2015) en este punto, no como referencia frívola sino como uno de los ejercicios más honestos que el cine contemporáneo ha hecho sobre la salud emocional. La niña Riley, desbordada de tristeza por un cambio de ciudad que nadie le consultó, intenta sonreír porque eso es lo que el mundo necesita de ella. Mientras tanto, la Alegría —ese personaje con energía casi irritante— hace maromas para mantener el control y no dejarle espacio a la tristeza. Lo que el film muestra, con una claridad que avergüenza a muchos libros de psicología, es que negar la tristeza no la elimina: la convierte en una crisis mayor. La tristeza no es el problema. El problema es que no le damos espacio, ni en las pantallas, ni en los colegios, ni en las familias, ni en nosotros mismos.

Vivir para el filtro, sufrir en silencio

Y entonces llegamos a 2025, cuando un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics, que revisó datos de más de 363.000 niños y adolescentes de 153 estudios longitudinales realizados desde el año 2000, confirmó lo que muchos sospechaban: existe una relación directa y significativa entre el uso intensivo de redes sociales y el aumento de síntomas depresivos, ansiedad, autolesiones y dificultades socioemocionales en adolescentes. No es que las redes causen todo el malestar. Es que funcionan como un amplificador del mecanismo más dañino que ya existía: la comparación social desfavorable. Ver la vida de otros —filtrada, editada, optimizada para el like— y medirla contra la propia vida sin filtro activa un ciclo de inadecuación que, sostenido en el tiempo, erosiona la autoestima con la eficiencia silenciosa del agua sobre la piedra.

 

El sociólogo Erving Goffman ya había descrito en 1959, en La presentación de la persona en la vida cotidiana, que la vida social es una actuación constante: todos gestionamos una «fachada» para el público. Lo que Goffman no pudo prever es que las redes sociales convertirían esa actuación en un espectáculo de 24 horas con foro de comentarios, métricas de aprobación en tiempo real y la posibilidad de editar la realidad antes de publicarla. Hoy no solo actuamos para el entorno inmediato: actuamos para cientos o miles de personas que solo ven la versión curada de nuestra existencia. Y en ese océano de «estoy bien» digitalizado, quien se atreve a mostrar el quiebre parece dramático, necesitado, débil. Cuando en realidad es, simplemente, honesto.

 

Según datos de Medicina Legal, entre enero y agosto de 2024 Colombia registró 1.942 casos de suicidio, con un promedio de casi ocho casos diarios. De ese total, 183 corresponden a menores de edad. Ciento ochenta y tres niños y adolescentes. Cada uno de ellos, en algún momento, probablemente dijo que estaba bien. O no dijo nada, que a veces es lo mismo.

El permiso que nadie nos dio pero que todos necesitamos

Pedir ayuda, en este contexto, no es rendirse. Es lo más valiente que existe. Es decirle al sistema que nos entrena para aguantar solos: «No. Yo merezco apoyo. Mi dolor es real. Mi cansancio es legítimo. Y no necesito justificarlo ante nadie». La filósofa española María Zambrano escribió que la persona que no ha atravesado el infierno de sus pasiones no las ha superado. No se trata de romantizar el sufrimiento —ese es otro error costoso, y hay muchos motivadores en redes que lo hacen con alegría preocupante—, sino de entender que las grietas tienen su lugar en la historia de cada quien. No somos jarrones que deben lucir perfectos en la repisa. Somos seres en tránsito, en proceso, en construcción permanente.

Pero antes de continuar, necesito hacer una pausa obligatoria para referirme a un personaje que todos conocemos y que, con todo el respeto que se merece —que es ninguno—, es parte del problema. Me refiero a esa persona iluminada que lleva un termo de agua con limón, que se levanta a las cinco de la mañana a manifestar en su diario de gratitud, que tiene un podcast donde habla de «sanar tu niño interior» con música de cuencos tibetanos de fondo, y que ante cualquier señal de malestar ajeno le dice, con una sonrisa de folleto de spa: «¡Es que tú atraes lo que piensas! ¡Cambia el chip! ¡Pon tu mente en positivo y todo fluye!». ¡Ah, claro! El problema no era la precariedad laboral, ni el duelo sin procesar, ni la ansiedad clínica, ni el sistema de salud colapsado: ¡era que uno no había vibrado en la frecuencia correcta! ¡Qué alivio saberlo! ¿Con razón las personas con depresión no han sanado? ¡Es que no han querido! ¿Con razón los niños que crecieron en medio de la violencia tienen trauma? ¡Es que atrajeron esa energía! ¡Gracias, coach de vida certificada en un curso de fin de semana! ¡Gracias, influencer de bienestar que vende «masterclass de abundancia» a doscientos mil pesos! La positividad tóxica no es inocua ni simpática: es una forma de violencia disfrazada de buena vibra. Es decirle a quien sufre que su dolor es una falla de actitud, una debilidad de carácter, un fracaso personal. Es, en el fondo, la versión millennial y con filtro de Mayfair de lo mismo que nos han dicho toda la vida: «¡Échele ganas!». A esa cultura, con la misma energía amorosa que ella pregona, hay que decirle que se puede ir muy lejos. Que sus afirmaciones matutinas no reemplazan la terapia. Que el universo no conspira: conspiran las estructuras. Y que la salud mental no se manifiesta: se atiende, se acompaña y, sobre todo, se toma en serio.

Desde esta columna, desde este espacio que se llama crítico porque se niega a aceptar las versiones oficiales de la realidad —incluyendo la versión oficial de que todos estamos bien—, quiero decirle a quien llegó hasta aquí cargando su propio «estoy bien» mal sostenido: no estás solo o sola. No estás roto o rota. Estás siendo humano o humana, que es la cosa más difícil y más hermosa que existe.

Está bien pedir ayuda. Está bien llorar sin razón aparente. Está bien cancelar compromisos para cuidarse. Está bien ir al psicólogo sin esperar a estar en crisis. Está bien necesitar. Está bien —sobre todo— dejar de fingir que todo está bien. Porque un alma vaciada por el mandato de la fortaleza permanente no tiene nada que dar, ni a los demás ni a sí misma.

El permiso está concedido. Para derrumbarse y para levantarse después, a su ritmo, con ayuda, sin disculparse por haber caído… 

ESTÁ BIEN NO ESTAR BIEN

 

*Trabajadora Social · Docente · Objetora de Conciencia · Feminista· Humanista Universal

TEMAS RELACIONADOS

Conectémonos …

Sigue desde Google News

Noticias de Antioquia Crítica

WhatsApp

Únete a nuestro canal

Te puede interesar

Sigue leyendo lo más reciente

El futuro energético se instala en Itagüí

El futuro energético se instala en Itagüí

ITAGÜÍ En ese contexto, parece haber entendido que la transición energética no puede limitarse a campañas pedagógicas o discursos institucionales sino también en sostenibilidad, competitividad y bienestar colectivo.