1 de junio del 2025

Calificar la opinión ciudadana como «bodega» es pasar de castaño a Carlos Castaño

Llamar “bodega” a cualquier disenso es más que una pereza intelectual: es una forma elegante de censura. ¿Desde cuándo opinar distinto es prueba de mercenarismo?

Empecemos por el padre del término «bodega»: el Dr. Rodolfo Correa. Este importante político paisa de centro derecha acuñó la palabra en su campaña de 2018, alegando que Gustavo Petro tenía una «bodega en Bogotá con 300 community managers para defenderlo y atacar a sus contradictores políticos«. Desde ese día, en Colombia empezó a sonar la palabra «bodega» (y «bodeguero») para desestimar cualquier opinión contraria al adversario.

Sin embargo, los más perjudicados por este lamentable término minimalista no han sido ni la izquierda ni la derecha. Los más afectados han sido la sociedad colombiana en general y, por consiguiente, la democracia.

Aquí resulta útil invocar a Elías Canetti. Él hablaría de jauría. Para Canetti, la jauría —también traducida como «manada de caza» o «horda perseguidora»— es una de las figuras primarias de masa que analiza en su obra Masa y poder (1960). Estudia cómo se forman y actúan las masas, y describe la jauría como un tipo específico, caracterizado por su agresividad, cohesión y sentido de propósito común.

En ese marco, el término más específico sería «jauría digital»: grupos pequeños cuya característica esencial es la agresividad. No obstante, para Herbert Marcuse, la agresividad no es necesariamente destructiva. En Eros y civilización (1955), sostiene que puede adoptar formas constructivas o destructivas, según cómo la sociedad la canalice. Lejos de ser solo una amenaza, puede orientarse hacia la transformación del mundo, la crítica al orden establecido y la búsqueda de liberación.

Así pues, ese término «bodega», al que Correa hacía referencia como una literalidad, hoy se ha vuelto una palabra banal, despectiva y cargada de prejuicios. Menoscaba la capacidad del sujeto de pensar por sí mismo o de adscribirse a ideales determinados. Es una etiqueta que mina la posibilidad de la crítica y el disenso, y que deslegitima al adversario como si fuera una masa acéfala cumpliendo mandatos mercenarios de un grupo oscuro que lo manipula o le paga por emitir opiniones prediseñadas.

Otra columna del autor: Petro y la presunción de culpabilidad mediática: linchamiento reputacional en una democracia al borde del colapso

Y no es que la jauría no exista. En efecto, hay jaurías digitales, pero no son las «bodegas» de las que hablan. Mucho menos caen en esa categoría miles de ciudadanos. Pueden pagarse bots en internet —todo se puede—; sin embargo, el adjetivo calificativo de «bodeguero» es un insulto a la inteligencia de quienes desprecian el debate y la deliberación. Son rápidos con su pluma, duros con sus palabras, pero demasiado blandos y mimados para tolerar un trato equivalente por parte del adversario.

Un llamado a la cordura.

Como bien dije hace poco, en el reino del algoritmo la opinión puede ser manipulable. De hecho, decía Pierre Bourdieu que la opinión pública no existe. Desde su perspectiva, en Colombia la «opinión pública» no es un reflejo auténtico de las voces ciudadanas, sino un constructo mediático y político dominado por los grandes conglomerados económicos, que homogenizan el debate en función de sus intereses.

En ese sentido, los influencers y opinadores críticos —al cuestionar los relatos hegemónicos de los medios tradicionales— introducen disensos y matices que rompen con esa ilusión de consenso.

Sin embargo, su impacto sigue siendo limitado por las estructuras de poder que Bourdieu denunciaba: el capital cultural desigual (quién tiene credibilidad para opinar), la agenda impuesta por los grupos dominantes (qué temas se discuten), y la mercantilización de la opinión (quién financia las plataformas). Así, aunque estos actores alternativos amplían el espectro del debate, no logran desmontar del todo el mecanismo que convierte la opinión en un campo de batalla simbólico controlado por élites.

Hay que abolir del vocabulario el término «bodega».

Si aquellos que se precian de ser demócratas lo fueran de verdad, empezarían por eliminar de su lenguaje el término «bodeguero» para referirse a cualquier opinión ciudadana —o incluso a expresiones colectivas— que contravengan sus ideas e intereses.

No es posible que, por estar en desacuerdo con Ana Bejarano, un puñado de periodistas criollos nos digan a los que estamos preocupados por conservar algunas apps esenciales para la comunicación familiar o laboral que «somos una bodega». Es insólito que crean que Meta o Claro —entre otras compañías— contrataron a miles de ciudadanos preocupados, simplemente porque un servicio que antes era económico y viable para comunicarnos, en cuestión de meses pueda volverse más costoso e inaccesible.

Bodega

Las jaurías agresivas de los periodistas de club no pueden dictaminar qué opiniones son legítimas en Colombia. Ni ellos ni nadie tienen ese derecho. Creo que ya ese cliché de andar etiquetando a cualquiera de bodeguero está pasando de castaño a Carlos Castaño

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<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/daniel-largo/" target="_self">Daniel Largo</a></H2>

Daniel Largo

Soy un sociólogo apasionado por la comprensión de las sociedades modernas; mi enfoque es humanista, y este se ve reflejado en mi compromiso con los derechos humanos. Analizo hechos sociales, especialmente en el ámbito político y electoral.

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