Uno ya no siente nada. Todas corren apresuradas y se ubican en sus asientos, prenden el sonido, y de fondo, esta canción: “…Navidad de los pobres, qué feliz navidad…”, todas las asistentes cantan y entre la multitud sobresale una mujer robusta, de escasos 1.50 metros de estatura y con el pelo cubierto por las canas, es Fabiola Rodríguez.
Ella se pone su sombrero de Papá Noel y comienza a llorar, todas sus compañeras la abrazan, porque ella realmente tiene muchas razones para estar triste.
El encuentro
En medio de adornos, coronas y guirnaldas se encuentran sesenta mujeres que sonríen, bailan y disfrutan de una celebración que tienen muy merecida: “La llegada de la navidad”. Ese viernes 6 de diciembre a las 5:00 p.m. las integrantes de un club de vida de Belén se abrazan y recuerdan los momentos de alegría y de tristeza que han rodeado sus vidas. Fabiola Rodríguez tiene 83 años, pero a simple vista no parece tan mayor, pues su estado físico es envidiable. Es madre de once hijos, tiene diecisiete nietos, tres bisnietos y un tataranieto.
Reside en una casa de dos plantas en el barrio San Bernardo de Belén, pero a pesar de tener una familia tan numerosa, vive sola. Ella nunca falta a las reuniones del club de vida porque asegura que ellas, sus compañeras, son como su segunda familia. “Mi mamá tiene muy buena relación con las mujeres, por eso se divierte tanto en el club”, opina Olga Domínguez, su hija mayor. “Fabiolita”, como le dicen sus compañeras, nació en Cocorná (Antioquia) y cuando tenía 16 años de edad contrajo matrimonio con Luis Domínguez, un comerciante que viajaba a su pueblo a vender mercancía cada mes.
Así se conocieron
Cuenta Fabiola que cuando lo conoció tenía la plena seguridad de que él sería su esposo. Cuando cumplió veintiún años y su primera hija estaba recién nacida, viajó a Medellín donde se estableció para formar su nuevo hogar, su esposo Luis le había comprado una casa en la cual aún vive. “Recuerdo que después de comprar mi casa, los hijos comenzaron a llegar como por arte de magia, es increíble que yo haya pasado 11 años de mi vida en embarazo” dice Fabiola.
De su matrimonio nacieron cinco hombres y seis mujeres, tantos niños le servían de compañía, pues su esposo sólo estaba en la casa seis días al mes, porque tenía que viajar constantemente a vender mercancía a los pueblos.
A ella, a pesar de estar sola con sus hijos tanto tiempo, nunca le faltó nada, su esposo Luis era muy responsable con todas las obligaciones del hogar y además, siempre la trató con respeto y cariño. Los días de Fabiola eran muy tranquilos, se levantaba muy temprano, bañaba a sus hijos, les servía el desayuno y mientras llevaba a los más grandecitos al colegio, los más pequeños se quedaban con su vecina. Los viernes se alistaba para recibir a su esposo y le preparaba la comida que más le gustaba, arreglaba su casa y se aseguraba de que sus hijos estuvieran impecables. “Eso era sagrado que cada fin de semana, mi mamá nos ponía a pintar un letrero que decía: “Bienvenido a tu hogar”, recuerda Olga.
Le cambió la vida
Un día recibió una llamada que le cambió la vida. “Señora, a su esposo Luis lo asesinaron en extrañas circunstancias” le dijo la policía. Nunca supo más, ni los detalles de su muerte ni los motivos y mucho menos quiénes fueron los responsables.
Ya sola, con escasos treinta y cuatro años, sin ningún apoyo económico y con once hijos que cuidar y alimentar, la vida para Fabiola sería muy difícil, lo único que le quedó fue su casa y una inmensa responsabilidad. Luego de enterrar a su esposo, intentó no desesperarse con esa situación, buscó ayuda, tocó puertas, les explicó a cada uno de sus hijos que no volverían a ver a su papá y aunque siempre contó con la ayuda de sus vecinos, salió a la calle a buscar trabajo.
Don Rubén, el dueño de la tienda del barrio, la contrató para que le ayudara a vender, ella aceptó de inmediato y aunque lo que recibía como pago era muy poco, le servía para alimentar a sus hijos. Después de un año trabajando en la tienda, una vecina que tenía que viajar le regaló una máquina de coser en muy buen estado, pues ésta no le cabía en el trasteo. Fabiola comenzó a coser sin ningún conocimiento, cada día aprendía un poquito más. Comenzó por coserles los uniformes a sus hijos y terminó después de un tiempo, confeccionando la ropa para medio barrio. “Mire que la vida no es tan injusta, me mandó un oficio y gracias a eso pude sacar a mis hijos adelante”, dice Fabiola con una sonrisa en su cara.
Su mayor tesoro
Todos sus hijos terminaron el bachillerato, pues para ella era fundamental que estudiaran, la primera que se graduó fue Olga y comenzó a trabajar para poderle ayudar. Los primeros seis hijos que tuvo Fabiola fueron mujeres y los cinco restantes, hombres. “En mi casa era al revés, trabajábamos mis seis hijas y yo y los hombres estudiaban”, cuenta Fabiola. Todas sus hijas tenían claro que no podían casarse hasta que los hombres consiguieran trabajo y fue así como sucedió que de forma sistemática, cuando uno de los hombres conseguía trabajo, una mujer se casaba y se iba de la casa, hasta que llegó un momento en que Fabiola se quedó solo con sus cinco hijos hombres en su casa, todas las mujeres se casaron y formaron sus hogares, pero los hombres no corrieron con la misma suerte.
Golpes de la vida
El tercero de sus hijos, Carlos, comenzó a relacionarse muy mal, tenía amigos que no eran muy bien vistos en el barrio porque consumían drogas y no trabajaban. Fabiola lo aconsejaba que buscara algo que hacer, pues a sus diecinueve años, ya era justo que le ayudara a sus hermanos, a él parecía no interesarle nada, únicamente estar con sus amigos en las esquinas.
Un día Fabiola recibió la noticia que en esa esquina donde su hijo se mantenía, habían matado a unos muchachos. Ella corrió con la angustia de que pudiera ser su hijo, cuando llegó y miró hacia la acera, vio a Carlos acostado en medio de un charco de sangre. Ella se tiró al piso y lo abrazó, no le dijo una palabra, solo se quedó ahí esperando que la ambulancia llegara, pero ya era muy tarde, Carlos había muerto.
Dos meses más tarde una vecina, aquella que le cuidaba sus hijos cuando ella salía, le dijo muy preocupada que había escuchado rumores que su hijo Ramiro estaba averiguando dónde podía comprar un arma pues iba a vengar la muerte de su hermano. Ella muy preocupada lo encaró y le preguntó si eso era cierto, él le dijo que no se pusiera a “pararle bolas a la gente”. Pero la vecina tenía razón y más tarde pudo enterarse de que su hijo había cobrado venganza.
Todo empeoraba
Desde ese momento toda la tranquilidad en el hogar de Fabiola se terminó, comenzó a recibir llamadas amenazantes y su hijo Ramiro ya ni dormía en su casa. Una tarde tocaron a la puerta. Eran tres señores que le preguntaban por el paradero de su hijo Ramiro, ella les dijo que no tenía la menor idea de dónde se encontraba, que para qué lo buscaban, ellos le dijeron que simplemente le comentara a Ramiro que si no aparecía iban a venir por otro de sus hijos. Esas semanas fueron una angustia completa para Fabiola, pues no sabía si quería que Ramiro volviera, porque lo mataban, pero tampoco quería arriesgar la vida de sus otros hijos.
Diez días después de la fatal visita, su hijo menor, Luis, fue asesinado en la puerta de su casa, cuando regresaba de estudiar. Fabiola narra con lágrimas en sus ojos: “Uno siente que no puede aguantar más dolor y es peor cuando sabés que te lo quitaron injustamente”. Todos sus vecinos le aconsejaron que se fuera del barrio, que si su hijo Ramiro no aparecía, esa gente era capaz de matarle otro hijo. Ella sabía que era cierto, pero pensaba que a donde se fuera iba a ser lo mismo, pues ya su familia tenía que cargar con esa cruz.
Uno ya no siente nada
Semanas más tarde cuando Ramiro se enteró de la muerte de Luis, llamó a su mamá y le dijo que él se iba a entregar. Ella no supo qué contestarle, solo le dijo: “Que sea lo que Dios quiera”. Días más tarde su hijo Ramiro también murió. Lo que más le dolió fue que no pudo enterrarlo “como Dios manda” porque nunca le devolvieron el cuerpo.
Después de tanto dolor, de pensar constantemente en la cara de sus hijos, de ver las fotos de ellos cuando estaban pequeños, de “encomendárselos a Dios allá en el cielo”, como dice Fabiola, lo único que quería era que los hijos hombres que le quedaban se fueran lo más lejos posible. Ellos entendieron que esa era la mejor solución y decidieron irse a trabajar a Cocorná, de donde era oriunda su mamá. “Váyanse para allá que yo los prefiero lejos que muertos”, les dijo Fabiola, sintiendo que su corazón se iba a explotar.
Y el dolor no terminaba…
Después de dos años de relativa calma en su familia, el cruel destino le mostró que no se había olvidado de ella. Una tarde recibió por teléfono como ya era costumbre, una mala noticia, un familiar le contó que sus dos hijos Pedro y Roberto estaban desaparecidos hace tres días y que los habían encontrado torturados y asesinados en Cocorná, por ser presuntamente colaboradores de la guerrilla.
“Uno después de eso ya no siente nada, ni alegría ni tristeza ni angustia…ya no siente nada, yo digo que definitivamente los hombres están destinados a no existir en mi vida, por eso es que me gusta estar acá en este grupo, porque somos sólo mujeres, entonces sé que no las voy a perder”, dice Fabiola al mismo tiempo que abraza a una de sus compañeras. En el fondo se escucha una melodía… “Una copa con vino y veneno por error criminal del destino…”, ella canta, pero su voz es diferente, parece que sus palabras no salen de su garganta…sino de su corazón.

















