No es la “cárcel de Itagüí”: cuando el lenguaje también estigmatiza
Durante años, titulares de prensa, reportes institucionales e incluso conversaciones cotidianas han repetido una expresión que parece inofensiva: “la cárcel de Itagüí”. Sin embargo, lo que a simple vista parece una forma práctica de ubicar un lugar, en realidad encierra un problema más profundo: la reproducción de estigmas territoriales a través del lenguaje.
El centro penitenciario al que se hace referencia tiene nombre propio: la Cárcel y Penitenciaría con Alta y Media Seguridad La Paz. Está ubicado en jurisdicción del municipio, sí, pero no representa ni define lo que es Itagüí. Reducirlo a esa fórmula “cárcel de Itagüí” no solo es impreciso, sino profundamente problemático.
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El lenguaje no es neutral
Nombrar es un acto político, cultural y social. Las palabras que elegimos no solo describen la realidad, también la moldean. Cuando de manera reiterada se asocia un territorio con un centro penitenciario, se instala en el imaginario colectivo una equivalencia peligrosa: Itagüí = cárcel. Y esa asociación, repetida sin cuestionamientos, termina por afectar la percepción externa e interna del municipio.
No se trata de una discusión semántica menor. Se trata de cómo se construyen las identidades territoriales y de cómo los medios de comunicación, como actores clave en la producción de sentido, pueden contribuir consciente o inconscientemente a procesos de estigmatización.
Itagüí es mucho más que la ubicación de un establecimiento carcelario
Es un municipio con una fuerte tradición industrial, con miles de trabajadores que sostienen dinámicas económicas relevantes para el Valle de Aburrá, con procesos comunitarios, educativos y culturales que no tienen ninguna relación con la realidad intramuros de una prisión.
Sin embargo, la repetición sistemática de esa etiqueta termina invisibilizando todo lo demás. Lo productivo, lo cotidiano, lo humano, queda relegado frente a una narrativa que privilegia lo punitivo. Así, el territorio comienza a ser leído desde el lente del encierro, del delito, del castigo.
Las consecuencias no son abstractas. La estigmatización territorial impacta la forma en que se perciben las personas que habitan un lugar, influye en oportunidades laborales, en relaciones sociales y en la construcción de identidad. No son pocos los casos en los que habitantes de Itagüí han tenido que explicar, matizar o incluso defender el lugar donde viven, precisamente por la carga simbólica que otros le han impuesto.
En este punto, resulta necesario hacer una reflexión sobre la responsabilidad de los medios de comunicación. La precisión no es un lujo en el ejercicio periodístico: es una obligación. Nombrar correctamente la Cárcel y Penitenciaría con Alta y Media Seguridad La Paz no es un asunto de formalismo, es una forma de evitar generalizaciones que afectan a toda una comunidad.
Además, en un contexto donde el país discute con mayor fuerza temas como los derechos humanos, la dignidad de las personas privadas de la libertad y la necesidad de transformar el sistema penitenciario, resulta contradictorio seguir utilizando un lenguaje que amplía los márgenes de exclusión. Porque el problema no solo afecta a quienes están dentro del sistema carcelario, sino también a quienes, sin tener relación alguna, terminan cargando con ese estigma.
También es importante señalar que este tipo de prácticas discursivas no son exclusivas de Itagüí. En distintos lugares del país y del mundo, territorios enteros han sido reducidos a etiquetas simplificadoras: zonas violentas, barrios peligrosos, municipios “marcados”. En todos los casos, el mecanismo es el mismo: una narrativa repetida que termina convirtiéndose en verdad social.
Por eso, corregir la forma en que nombramos no es un gesto simbólico aislado; es un paso concreto hacia una comunicación más ética y más rigurosa. Implica reconocer que detrás de cada territorio hay comunidades diversas, historias múltiples y realidades complejas que no pueden ser resumidas en una sola palabra.
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Decir “la Cárcel y Penitenciaría La Paz” no solo es más exacto
Es, sobre todo, más responsable. Es evitar que el peso de un sistema recaiga injustamente sobre quienes no lo representan. Es reconocer que las palabras tienen consecuencias.
En un momento donde el periodismo enfrenta desafíos profundos en términos de credibilidad y responsabilidad social, este tipo de reflexiones resultan urgentes. No se trata de censurar el lenguaje, sino de hacerlo más consciente. Más cuidadoso. Más comprometido con la realidad que pretende narrar.
Porque si algo debe caracterizar al buen periodismo, es su capacidad de nombrar el mundo con precisión, pero también con sentido ético. Y en ese ejercicio, evitar la estigmatización no es una opción: es una responsabilidad.
Itagüí no es una cárcel. Y seguir nombrándola como si lo fuera, es una forma de no entender o de ignorar el poder que tienen las palabras.

















