4 de diciembre del 2019

De idiotas a congresistas: la izquierda como agencia de prensa involuntaria

Cada idiota que atacas en redes puede convertirse en congresista gracias a tu indignación y visibilidad gratuita

Hace poco más de una década, mientras escribía un artículo sobre el suicidio, recuerdo que en una lectura de Philippe Ariès, este explicaba que en países como Estados Unidos, cuando las teorías de un académico no calaban en su comunidad científica, toda la comunidad se volcaba a criticarlo y contrastar su teoría. Sin embargo, en Francia optaban por ignorarlo por completo y no darle ninguna relevancia.

Esa idea siempre me ha provocado muchas reflexiones y contradicciones. Aunque el mundo ha cambiado y la gente es hoy más deliberante, no deja de parecerme cruel que una idea pueda considerarse tan insignificante como para no dedicarle ni una sola línea de discusión. En la ciencia, además de cruel, eso es poco ético. Yo prefiero la postura crítica, esa que obliga a los científicos a confrontarse entre sí, para construir (o deconstruir) el paradigma que más se ajuste a la necesidad del conocimiento.

Pero cuando esa idea se traslada a la política, el asunto se complica. Hoy, parece que vivimos en un estado de réplica permanente, de indignación automática hacia cualquiera que piense distinto. En Colombia, cualquier idiota dice su tontería y una manada digital de contradictores se le viene encima a replicarle —muy al estilo de la academia estadounidense—. Obviamente intentan ser ingeniosos, mordaces, lúcidos, pero lo único que logran es visibilizar al sujeto de forma exponencial y, peor aún, convertirlo en influenciador.

Y ese no es el final. Lo realmente grave es que, tras hacer famoso al idiota, corremos el riesgo de verlo convertido en congresista, representante o incluso diputado en alguna Asamblea Departamental. Todo gracias a la visibilidad gratuita que le brindan quienes supuestamente lo rechazan.

Así fue como un joven bachiller con pensamiento medieval como Miguel Polo Polo terminó convertido en figura nacional. Fue la propia Colombia Humana —y buena parte de la izquierda— la que, viendo la imposibilidad de que este muchacho piense de manera menos inhumana, se volcó a atacarlo con vehemencia. El resultado: lo posicionaron como una especie de “ideólogo” de la derecha. Una derecha que, por su escaso intelecto, se siente seducida por cualquier idea desquiciada. Y mientras más retrógrada, violenta e insana, mejor.

Natalia Bedoya comete una falta de ortografía y la izquierda, sintiéndose graciosa, se vuelca sobre ella hasta convertirla en tendencia. Cada ataque la fortalece en redes y la visibiliza aún más. Las interacciones digitales terminan elevándolos como “influencers” y referentes de doctrina, por más vacía que sea. Tanto así que muchos de ellos —inflados por la propia izquierda— terminan siendo contratistas del Estado, como si la indignación los hubiera convertido en funcionarios útiles.

Los progresistas, o simplemente los demócratas colombianos, se dedican a cazar trinos de la derecha para ridiculizar a gente sin dignidad, sin vergüenza, sin empatía, sin caridad y, sobre todo, sin buen humor. Y lo que logran, una vez más, es agrandarlos. Porque el algoritmo no distingue entre halago o insulto: lo único que premia es la interacción.

En un país donde el pensamiento básico predomina, donde la señora que fía en Flamingo y compra en Avon cree que piensa como empresaria, no es difícil que esas ideas antidemocráticas y clasistas terminen calando. Y lo peor: que esas figuras infladas por el rechazo terminen ganando en las urnas.

Sí, el debate y la deliberación fortalecen la democracia. Pero también hay que entender que no todo merece ser respondido. Hay gente sin empatía, sin raciocinio, sin capacidad para generar un debate sano.

Así, sin darnos cuenta, convertimos idiotas en referentes. Les regalamos cámara, foco, fama. Y mientras tanto, quienes realmente proponen, se quedan fuera de la conversación.

No visibilitemos idiotas. Aguantémonos las ganas de responderles, por más indignantes que parezcan sus ocurrencias. Por mas agresivas que se vean, no es necesario entrar en la confrontación o la denuncia inocua. Déjenlos solos, que se aplaudan entre ellos. Usemos esa energía en las causas justas que sí valen la pena.

<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/daniel-largo/" target="_self">Daniel Largo</a></H2>

Daniel Largo

Soy un sociólogo apasionado por la comprensión de las sociedades modernas; mi enfoque es humanista, y este se ve reflejado en mi compromiso con los derechos humanos. Analizo hechos sociales, especialmente en el ámbito político y electoral.

Conectémonos …

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