En Colombia decimos que hay gente que es como las cucarachas, «uno con ellas para afuera y ellas para adentro».
La metáfora resulta inevitable frente a Vilma Rocío Velásquez, embajadora de Colombia en Haití, quien enfrenta graves cuestionamientos administrativos y, sin embargo, decidió permanecer en el cargo.
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Que nadie se equivoque: Velásquez es presuntamente inocente. Las denuncias conocidas públicamente, entre ellas cuestionamientos sobre cerca de 500.000 dólares pendientes de legalización, movimientos bancarios y gastos sin soportes suficientes, tendrán que ser demostradas por las autoridades. Ella tiene todo el derecho a defenderse.
Una cosa es la responsabilidad penal y otra la responsabilidad política.
La embajadora sostiene que precisamente por la gravedad de las acusaciones no considera responsable abandonar el cargo. Es un argumento insólito. Renunciar no es declararse culpable. Es comprender que los cargos públicos no son propiedades privadas ni trincheras desde donde defender el honor personal.
Y ahí está el verdadero problema. El progresismo colombiano pasó décadas reclamando ética pública, transparencia y funcionarios capaces de asumir responsabilidades políticas. Esos principios no pueden desaparecer cuando quien ocupa el despacho es de los nuestros.
Si Velásquez tiene pruebas, que las presente. Si hubo negligencia de la Cancillería, que se investigue. Si fue calumniada, que se sancione a los responsables.
Pero que se defienda por fuera del cargo. Porque aferrarse a una embajada mientras alrededor de su administración existen semejantes interrogantes no dignifica al progresismo: lo empequeñece.
Embajadora, encuentre la puerta. La dignidad de un proyecto político vale mucho más que un puesto y terminar en el ocaso de sus años como una cucaracha no creo que sea honroso.
















