Gustavo Bolívar, en su más reciente sermón político, exige que los influencers etiqueten como Publicidad Política Pagada (PPP) cualquier opinión favorable hacia un candidato. Lo hace, claro, desde el tono de quien se cree dueño de la verdad absoluta: si hablan bien de él, es por convicción; si lo critican, es por interés. La doble moral disfrazada de ética.
El problema no es pedir claridad —algo necesario—, sino el trasfondo de su discurso: Bolívar no quiere transparencia, quiere control. Necesita que el público asocie todo apoyo a sus rivales con corrupción y toda crítica hacia su figura con vendetta. Así opera el manual del político que, al verse cuestionado, prefiere quemar el tablero antes que aceptar que su juego ya no convence.
Bolivar y el mito de la opinión «pura»
Bolívar actúa como si existieran dos categorías de opinión: las auténticas (las que lo favorecen) y las sospechosas (las que no). Pero la política nunca ha sido un espacio de pureza ideológica. Los influencers —como los medios tradicionales— tienen sesgos, acuerdos y lealtades, con o sin dinero de por medio. Reducir el debate a «pagado = ilegítimo» es una trampa: ¿acaso un columnista que apoya a un candidato por afinidad debe llevar también una etiqueta? ¿O solo aplica para las redes sociales, donde Bolívar ya no domina el relato?
La hipocresía del «todo vale, pero solo para mí»
El precandidato admite que los influencers pueden cobrar por apoyarlo —»yo mismo lo haré», dice—, pero cuando se trata de ataques contra otros, la cosa cambia: ahí sí es «denigrarse». ¿Desde cuándo la moral depende del destinatario? Si la ética es el principio, debería rechazar todo contenido pagado, no solo el que le incomoda. Pero no: lo que realmente le molesta es perder el monopolio de la victimización.
El juego sucio de la descalificación automática
Cada vez que Bolívar insinúa que sus críticos están «comprados», repite la misma estrategia de los líderes autoritarios: convertir la discrepancia en delito. Si antes lo alababan y ahora no, ¿no podría ser porque su proyecto se resquebraja? ¿O acaso las audiencias no tienen derecho a cambiar de opinión? En lugar de responder a los cuestionamientos, prefiere etiquetarlos como «engaño». Así no se construye democracia; se cultiva una secta.
El peligro real: estigmatizar el disenso
La obsesión por etiquetar opiniones pagadas —sin regulación clara ni imparcialidad— puede servir para silenciar voces. ¿Qué impedirá que su partido exija PPP en cualquier análisis positivo de un rival, incluso si es orgánico? Bajo su lógica, la crítica es libre, pero solo si no huele a dinero… a menos que sea el suyo.
Bolívar tiene derecho a defender la transparencia, pero no a usarla como escudo contra el escrutinio. Mientras exige etiquetas ajenas, él sigue escribiendo su guion favorito: el del héroe moral en un mundo de mercenarios. La única diferencia es que esta vez, el público ya no se traga el final.
Ante la cantidad de ataques que estoy recibiendo de influencers que antes hablaban bien de mí, y que hablaban mal de candidatos que ahora alaban, creo que hay que decirle la verdad a la gente. El engaño no le hace bien a la democracia.#PPP pic.twitter.com/zIwbJUBzFa
— Gustavo Bolívar (@GustavoBolivar) July 10, 2025















