Heliconia, territorio en trámite
En Heliconia, los anuncios de progreso suenan más fuerte que las obras. Entre promesas inconclusas y prioridades difusas, el municipio vive atrapado en el eterno ‘ya casi’, una frase que se ha vuelto lema de la administración
Heliconia, ese pequeño rincón de las montañas del occidente antioqueño, parece haberse detenido en el tiempo. No por su belleza, que sigue siendo indiscutible, sino por una gestión pública que avanza con el ritmo de un burro cansado en subida empinada. Aquí, cada anuncio se celebra como si fuera una victoria histórica, aunque la historia nunca llegue a escribirse.
Desde que comenzó la actual administración, los heliconianos han aprendido un nuevo verbo:
ANUNCIAR. Se anuncian obras, programas, convenios y hasta sueños, pero los resultados parecen tan lejanos como el mar desde el parque principal. Las promesas se multiplican en comunicados y redes sociales, donde la foto de la reunión pesa más que el acta de ejecución.
Heliconia vive, literalmente, en el modo ‘ya casi’. Ya casi empieza la pavimentación. Ya casi llega el apoyo para los campesinos. Ya casi se ilumina la cancha. Ya casi… pero nunca del todo. Y mientras tanto, la gente sigue esperando, como quien aguarda un bus que nunca pasa, mirando el reloj con resignación.
La gestión pública, dicen, es el arte de priorizar.
la paciencia también tiene fecha de vencimiento, y cuando eso ocurra, no habrá discurso que tape la verdad
Pero en Heliconia, priorizar parece haberse convertido en un juego de azar. Los recursos se diluyen entre actividades que pocos entienden, los informes de avance se esconden en el lenguaje burocrático, y los resultados tangibles se cuentan con los dedos de una mano. Lo que sí abunda son los discursos sobre la transparencia, la eficiencia y el amor por el pueblo. Porque en eso, la administración local tiene doctorado.
La sátira se escribe sola cuando se mira el contraste entre lo que se dice y lo que se ve. Un municipio con potencial turístico, agrícola y ambiental que podría ser modelo regional, pero que se conforma con sobrevivir a punta de fotos en Facebook y promesas que caducan más rápido que los plazos de ejecución. Las carreteras rurales, esas venas que conectan la vida campesina, siguen en mal estado; los proyectos de desarrollo sostenible duermen en carpetas; y la participación ciudadana se reduce a escuchar anuncios en tarimas decoradas con globos.
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Heliconia merece más que un discurso bonito. Merece gestión con resultados, liderazgo con visión y funcionarios que entiendan que gobernar no es posar, sino ejecutar. Pero aquí, la política se ha vuelto un espectáculo donde cada funcionario interpreta su papel con entusiasmo teatral, mientras el público los ciudadanos aplaude por costumbre, aunque el guion sea el mismo de siempre.
Lo más curioso es que, pese a la evidente desconexión entre el decir y el hacer, la narrativa oficial insiste en que todo va viento en popa. En las redes institucionales, Heliconia parece una pequeña utopía: hay fotos de siembras simbólicas, capacitaciones, visitas oficiales, y mesas de trabajo que prometen ‘grandes transformaciones’. Pero basta con recorrer sus calles o hablar con sus campesinos para entender que el entusiasmo digital no alcanza a tapar los huecos reales.
En este escenario, la rendición de cuentas se vuelve un acto más de fe que de gestión. Las cifras no siempre cuadran, los proyectos cambian de nombre y los cronogramas se estiran como elástico. Mientras tanto, la administración se aferra al argumento del ‘ya casi’, una muletilla que se repite tanto que ya suena a eslogan de campaña.
La gestión pública aquí parece un acto contemplativo: más que resolver, se observa; más que ejecutar, se informa. Es la política del aplazamiento elegante.
Quizás el problema no sea solo de gestión, sino de perspectiva. Heliconia necesita una administración capaz de mirar más allá del presente inmediato, que comprenda que gobernar significa construir confianza y resultados duraderos, no solo logros visibles para la foto. Porque la confianza, al igual que todo lo valioso, se deteriora cuando se descuida.
Al final, Heliconia no necesita más promesas, necesita voluntad. Su gente ya cumple:
trabaja, confía, espera. Lo que falla no es el espíritu del pueblo, sino la palabra de quienes juraron servirle. Mientras los discursos siguen llenando tarimas, el ‘ya casi’ se convirtió en el himno no oficial de cada administración. Pero la paciencia también tiene fecha de vencimiento, y cuando eso ocurra, no habrá discurso que tape la verdad: que Heliconia no se detuvo, fueron sus dirigentes quienes se quedaron atrás.
Quizás algún día los heliconianos dejen de vivir del anuncio y empiecen a celebrar las obras. Quizás entonces, el municipio deje de ser el territorio del ‘ya casi’ para convertirse en el pueblo del ‘por fin’. Hasta entonces, seguiremos observando cómo se escribe, entre ironías y discursos, la tragicomedia de una gestión que promete mucho y cumple poco.














