12 de marzo del 2026

El centro político y el arte de volverse irrelevante

Hay una especie política particularmente abundante en Colombia: el político que cree que su mayor capital electoral es la superioridad moral. No las ideas, no el liderazgo, no la capacidad de disputar poder. No. Lo que realmente creen venderle al país es una especie de pureza ideológica que los coloca, según ellos mismos, por encima […]

Hay una especie política particularmente abundante en Colombia: el político que cree que su mayor capital electoral es la superioridad moral. No las ideas, no el liderazgo, no la capacidad de disputar poder. No. Lo que realmente creen venderle al país es una especie de pureza ideológica que los coloca, según ellos mismos, por encima de todos los demás.

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A ese club pertenece el famoso “centro político”. Un espacio que durante años se presentó como la opción sensata, moderada y racional frente a los extremos. La promesa era simple: ellos venían a salvar la política del fanatismo.

El problema es que la política real nunca funciona como un seminario de ética pública. En algún momento, Gustavo Petro les puso un apodo que, aunque les incomode, describe bien el fenómeno: la derecha rosa. Políticos que quieren verse progresistas sin incomodar demasiado al establecimiento, y responsables sin asumir riesgos reales de poder.

Ni Petro ni Uribe… ni votos tampoco

La estrategia del centro ha sido siempre la misma: situarse en un pedestal y repartir sermones. Desde allí repiten la frase que se convirtió en su marca registrada: “ni Petro ni Uribe”. Un eslogan que pretende sonar equilibrado, pero que en la práctica terminó convirtiéndose en una cómoda evasión de la realidad política del país.

Porque Colombia lleva años organizada alrededor de dos grandes polos de poder. De un lado el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez y del otro el de Gustavo Petro. Dos visiones de país, dos proyectos políticos, dos bloques electorales que concentran la disputa por el poder.

En esa cancha nunca hubo tres equipos.Pero el centro decidió no jugar el partido. Prefirió ponerse el uniforme de árbitro y cualquiera que haya visto un partido sabe lo que eso significa: nadie le hace barra al árbitro.

Mientras millones de colombianos se alineaban con uno u otro proyecto político, las figuras del centro se dedicaron a lo único que parecía entusiasmarles: criticar a ambos. Regañaban a Uribe, regañaban a Petro, regañaban al país entero. El problema es que la gente vota por líderes, no por inspectores de moral pública.

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Ahí está el caso de Sergio Fajardo, quizá el ejemplo más claro de esa confusión estratégica. Durante años cultivó una imagen de neutralidad impecable, como si la política fuera un ejercicio de asepsia ideológica. El resultado fue exactamente el que cabía esperar: simpatía en las encuestas, pero muy poca capacidad real de disputar poder.

Algo similar ha ocurrido con Claudia López, cuya trayectoria parecía destinada a construir un puente con sectores progresistas, pero terminó atrapada en la misma ambigüedad que caracteriza al centro: la permanente incomodidad de tener que escoger bando.

Mientras tanto, el país sigue moviéndose en un terreno mucho más crudo que las disquisiciones morales del centro. La política colombiana está entrando en una etapa donde los conflictos se vuelven más claros: tierra, poder, élites económicas y representación social.

En ese escenario, algunas decisiones que parecen incomprensibles para los analistas de laboratorio tienen un enorme peso político. Por ejemplo, la elección de la lideresa indígena Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda Castro. Algunos dirán que no suma votos. Pero la política no se reduce a sumar encuestas: también se trata de símbolos, identidades y confrontaciones históricas.

Sobre todo cuando enfrente aparece una figura como Paloma Valencia, quien en su momento llegó a plantear la idea de dividir el Cauca entre indígenas y blancos. En ese contexto, la presencia de una lideresa indígena no es una casualidad electoral: es una señal política deliberada.

Mientras tanto, el centro sigue atrapado en su papel favorito: el de comentarista imparcial de la historia. Observan el partido desde la tribuna, analizan las jugadas, señalan los errores de todos… y al final del día se sorprenden de que nadie los invite a levantar el trofeo.

Tal vez algún día descubran un secreto elemental de la política: la superioridad moral no reemplaza la estrategia. Y cuando la política se convierte en una competencia real por el poder, la virtud —por sí sola— rara vez gana elecciones.

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<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/daniel-largo/" target="_self">Daniel Largo</a></H2>

Daniel Largo

Soy un sociólogo apasionado por la comprensión de las sociedades modernas; mi enfoque es humanista, y este se ve reflejado en mi compromiso con los derechos humanos. Analizo hechos sociales, especialmente en el ámbito político y electoral.

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