Donde el Estado falló, la comunidad enseñó a gobernar
En un país donde la política suele heredarse por apellido, Adolfo Rivas irrumpe como una anomalía incómoda. No viene de los clubes sociales ni de los escritorios del poder, sino de las plataneras, los cafetales y las comunidades que aprendieron a sobrevivir sin Estado. Hoy, ese origen no es un dato anecdótico: es el núcleo de su proyecto político.
Nacido en Caquetá, una de las regiones más golpeadas por la violencia y el abandono histórico, Rivas creció entre la agricultura y la ganadería. Fue criado por su madre, una mujer campesina que sacó adelante a cuatro hijos, y por su abuelo, quien se convirtió en su figura paterna y en su primer maestro político. No desde la teoría, sino desde la práctica comunitaria.
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Cuando no había escuela, la comunidad la construyó. Cuando no había carretera, puente ni presencia institucional, la organización social resolvió lo que el Estado ignoró. La escuela donde aprendió a leer y escribir fue levantada por vecinos organizados, una experiencia que le dejó una marca profunda: los derechos se construyen colectivamente, no se esperan.
Desde niño aprendió las labores del campo, la agricultura y la ganadería, no solo como oficio sino como forma de vida. El campo se convirtió también en refugio emocional y mental, un vínculo que sigue presente en su identidad política.
La violencia intentó silenciarlo, pero lo empujó a la política
En 2004, con apenas 12 años, su familia fue desplazada del corregimiento Peñas Coloradas, en Cartagena del Chairá, en el marco de la estrategia de Seguridad Democrática. Lo que en el discurso oficial se presentó como control territorial, en la práctica significó expulsión, miedo y ruptura del tejido social.
A los 14 años, mientras estudiaba secundaria en San Vicente del Caguán, Rivas comenzó a defender públicamente los derechos humanos y una salida negociada al conflicto armado. En un contexto donde opinar podía costar la vida, su activismo generó amenazas directas. Llamadas intimidantes advertían a su familia que lo “frenara” o las consecuencias serían fatales.
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La persecución lo obligó a esconderse durante meses en zonas rurales. Más adelante, cuando el riesgo aumentó, tuvo que salir definitivamente del territorio y desplazarse a Bogotá. No fue una huida ideológica, sino una estrategia de supervivencia. El exilio interno no apagó su compromiso político; lo profundizó.
Del país profundo al Senado: liderazgo social, presupuesto y poder territorial
En Bogotá continuó su trabajo social y comunitario, enfocándose en juventudes, personas mayores y procesos ambientales. Articuló organizaciones sociales en Caquetá, Valle del Cauca y Meta, y participó en la iniciativa “Soy Joven de Paz” (2012–2013), que utilizó redes sociales para respaldar el Acuerdo de Paz y disputar el relato dominante del conflicto armado.
Hoy, como candidato al Senado por la Alianza Verde, con el número 66, Adolfo Rivas se propone que el liderazgo social y comunitario tenga una voz real en el Congreso. Su apuesta central es la asignación efectiva de presupuesto público a las regiones, la construcción de una ley de desarrollo económico sostenible con enfoque territorial y la ruptura con las prácticas de la política tradicional.
Rivas insiste en que el Congreso de 2026 debe ser distinto si Colombia quiere que la agenda de cambios y reformas no se quede atrapada en los intereses de siempre. En un escenario político dominado por élites recicladas, su candidatura representa una historia que no nació en el poder, sino en su ausencia.
Una voz que viene del país profundo y que ahora busca disputar, sin pedir permiso, el sentido mismo de la representación política.

Partido Verde número 66















