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LA POBREZA INTELECTUAL DEL DEBATE PARLAMENTARIO EN COLOMBIA.

Las formas rutinarias en que se han naturalizado las diversas violencias en nuestra sociedad nos permiten aceptar muy indignadamente que los niveles de degradación a que pueden llegar las instituciones y las formas de la vida social en Colombia no son de asombro ni de extrañar

por | Jun 8, 2019 | Opinión

Las formas rutinarias en que se han naturalizado las diversas violencias en nuestra sociedad nos permiten aceptar muy indignadamente que los niveles de degradación a que pueden llegar las instituciones y las formas de la vida social en Colombia no son de asombro ni de extrañar en una época como esta en la que vulnerar la intimidad y ultrajar a las personas, de modo directo o sutilmente, es aceptado con tolerancia e impulsado de modo corriente por gente con ilustración o sin ella.

Como se debe recordar una de las enseñanzas de los fascismos, según lo investigó el sociólogo alemán Max Horkheimer, fue naturalizar no solamente las violencias sino también, socializar todas las formas de crueldad, es decir, democratizar el odio, el resentimiento, la sed de venganza y la ira colectivizada, lo que presupone entonces, que es legítimo el señalar, vindicar, perseguir, descalificar, degradar y deshumanizar, esto es, quitarle a las personas su condición de humanidad en razón de la raza, la condición social, la nacionalidad, incluso debido a sus opiniones, pensamientos o sus costumbres.

En 1945, se supuso entonces, que caído el régimen de Hitler (y de otros caudillos autoritarios) desaparecerían todos esos aprendizajes que se inocularon fatalmente en las sociedades democráticas (pues aparentemente democráticas en realidad) y que como máscaras subsistieron siempre porque no necesariamente los cambios de regímenes políticos aseguran o garantizan las transformaciones de la mentalidad en la sociedad como lo escribió Alexis de Tocqueville frente a la Revolución Francesa. Se aprendió bajo esos regímenes autoritarios, – como lo analizó Horkheimer – a temerle a la libertad, y se esparció el apego a la esclavitud, a aquellas formas de esclavitud en la que es necesario la conducción de los ciudadanos mediante un líder carismático, esa fue la manera de ejercer la política, destruyendo así la pluralidad y acentuando lo que Giovani Sartori llamó la democracia como monocentrismo.

Al miedo a la pluralidad entonces se impuso la unidimensionalidad y la unilateralidad en todas las formas sociales, y se vio como anormal defender la diversidad e incluso era hasta concebido como antinatural una capacidad de tolerancia con el contradictor y con el polemista o quien confronta. En todos esos regímenes la persona, aquella que disidente o quien discrepa, su suerte en vida culminaba con el encierro, el paredón, el destierro, el ahorcamiento e incluso con la muerte por hambre que llevaba a la fatal inanición. Recuérdese al Luterito de Tomás Carrasquilla ¿Libertad de conciencia en una sociedad en guerra y polarizada? Lamentablemente estas costumbres en común se fundamentan en prejuicios que se extienden y divulgan atizando el resentimiento y la frustración, el complejo de inferioridad y la infravaloración personal que son los motores de las diversas formas de violencia, persuasivas cuando ellas no requieren de las armas mortales, sino de palabras, gestos, actitudes o formas de relacionarse. De modo que es cierto aquello que parodiando a Alexis de Tocqueville, la democracia es uno de los regímenes más amenazantes y peligrosos, porque en dicho sistema, la tiranía de las mayorías y con ella, la irradiación de las violencias, se tiene como derecho porque se puede increpar degradando a los otros por medios muy sutiles, desde los gestos hasta las redes, desde el chantaje o el soborno hasta todas aquellas formas de socialización que incluso dominan el ambiente de las instituciones de educación superior, hipocresías que le llaman diplomacia, conversiones ideológicas o políticas que le llaman pluralidad o autoritarismos disfrazados que le llaman cumplir las reglas o atarse a la legalidad o juridicidad institucional.

Lo cierto es que la pobreza intelectual del debate parlamentario en Colombia y para ser más precisos, la confrontación Uribe-Petro, en una corporación pública, no es ajena a todas esas formas de violencia señaladas que se han incrustado, se reitera, se han inoculado en la cotidianidad, al punto, que los medios lo registran en primera plana como hecho inaudito y los ciudadanos, sonríen, o se convierten en altoparlantes del vergonzoso suceso replicando sin ningún nivel de análisis ni de reflexión ante esos vergonzosos acontecimientos. De fondo lo que si extraña es que si bien en Colombia desde la época de las independencias hasta más o menos los años sesenta del siglo XX, las discusiones en el recinto parlamentario, (y justamente por serlo), era digno de admiración por la oratoria y la elocuencia, por la calidad de los argumentos y de las ideas, por el respeto y el nivel de los contrincantes, lo que hoy se genera en dicha corporación, nos revela lo degradado y lo degradante de la cultura y vida política del país.

Simplificar el lenguaje, constreñirlo con gestos o con una palabra en la que se resume toda la iracundia contra el otro, sin abrir el espacio enriquecido del debate público, vulgarizar la confrontación con actitudes de “púgil de barrio” como si se fuera un camorrero de la escuela infantil o el kínder, todo ello da cuenta de hasta dónde ha mutado la derecha colombiana. Y ante esta manera reaccionaria de hacer la discusión, por falta de inteligencia o de elocuencia, así son los oportunistas políticos, por la incapacidad de razonar o de ser autoconsciente de la confrontación pública, las respuestas del aparentemente acusado con la agresión, recurre a otro tipo de simplificaciones, que son apenas atisbos con generalidades, a vagas referencias cuya argumentación, fofa y floja exige realmente (de todas maneras para Uribe y Petro) un juicioso estudio e investigación y al menos el respeto con la historia del país sobre cómo se tejió desde más de un siglo el debate parlamentario y cómo se honró eso de que nos llamaban La Atenas Sudamericana, bueno obviamente por el exagerado calificativo del geógrafo Eliseo Reclus.

Ambos contrincantes requieren un aprendizaje y pedagogía sobre de la historia política del país, porque deberían conocer lo que fueron las discusiones en momentos en que el país se polarizó y cayó en los extremos desde las disputas políticas, por poner algunos ejemplos, la época de la Regeneración, o aquella otra de la violencia clásica de los años cuarenta, la de la dictadura militar o la del Frente Nacional. Ambos políticos de hoy utilizan la simpleza lingüística por vías diferentes; Uribe con la intención velada de no poder calmar su intolerancia ante el adversario, Petro con la vaguedad de los enunciados generales, intentando contrarrestar la furia política con la nobleza del amor patrio. Cuánto se ve la cada vez más pobreza tanto discursiva, lingüística y comunicativa en la política del país, por lo que entonces la crueldad y las violencias se han sutilizado con la manera de discutir y debatir.

Cuánto se extraña debates parlamentarios, por ejemplo, en la calidad y la elocuencia, recuérdese sobre la pena de muerte en 1925 entre el poeta caucano Guillermo Valencia (hacendado, quien entre otras circunstancias había en su tierra castigado y lacerado a Quintín Lame, el líder indígena) y el ateo, librepensador y diplomático Antonio José “ñito” Restrepo. O en la república liberal los debates parlamentarios tan serios y contundentes de los Silvio Villegas, Gilberto Álzate Avendaño, la derecha de los años 20 (Los Leopardos, ningún parecido con la mediocridad de Uribe), o en su momento Laureano Gómez; y desde la izquierda, Jorge Eliecer Gaitán, Alfonso López Pumarejo, Baldomero Sanín Cano, Gerardo Molina, por mencionar algunos). A la pobreza intelectual de la política y los políticos en Colombia pareciera que le quedara muy bien la horma de sus violencias en todas partes de la casa a la universidad, de la calle a los recintos públicos, de los medios de comunicación al congreso.

<H2><a href="https://www.antioquiacritica.com/author/rubiano/" target="_self">Rafel Rubiano</a></H2>

Rafel Rubiano

sociólogo y magister en ciencia política, candidato a doctor en ciencias sociales flacso argentina. Analista Político
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